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El ritual de posesión

21 de enero de 2009 - 11:06 p. m.

LA POSESIÓN DE BARACK HUSSEIN Obama, además de ser un imponente ritual del poder, condensa significados profundos y matices llamativos que conmueven y a la vez cuestionan.

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Como ningún otro, es un ceremonial destinado a producir el efecto simbólico y nada más real que lo simbólico en la dimensión de lo público de revivificar la metáfora colectiva de soñarse como nación, o mejor, como “gran nación”, según expresión repetida en los emotivos discursos y oraciones.

Y cumple la función revitalizadora del sentimiento de nación, precisamente cuando la sociedad estadounidense más necesita las reservas de fe en su propia potencia creativa. Como espectáculo movilizador de símbolos cohesivos de la nación, aquel acto solemne convocó la presencia de todas las vertientes partidistas, aun de las más antagónicas: vimos al Bush decadente y al McCain derrotado unirse en cálidos abrazos fraternales —sin falsedad de pose— con un triunfante César Moreno. Tanta deferencia hacia ese eclipsado Bush recuerda la sentencia Bobbiana de que la democracia no es más que la forma incruenta de desembarazarnos de los malos gobernantes.

Vimos una liturgia de poder que, como imán simbólico, atrae todas las manifestaciones vivas de la sociedad (religiosas, artísticas, corporativas). Era como si toda esa terrible guerra mediática que enfrentó mortalmente a los candidatos presidenciales hace sólo dos meses y medio, hubiera cesado mágicamente. Sin embargo, no deja de inquietar el hecho de que la adhesión a la fe cristiana siga siendo el pegamento más fuerte que logra unificar esta “gran nación” y diluir sus profundas diferencias internas. ¿Qué espacios hay entonces para incluir a mahometanos, budistas, agnósticos y ateos etc., en este formidable consenso pluralista?

Con orgullo los estadounidenses probaron la fortaleza de su democracia al ungir como gobernante al hijo de un inmigrante africano, al integrante de una minoría racial odiada cuyo profeta era asesinado hace sólo cuarenta años. Demostración palmaria de que la democracia es vigorosa sólo si tiene el don de lo impredecible e inimaginable: darse el lujo de erigir como mandatario a quien lleva el nombre maldito de Hussein. Por ello, tres de cada cuatro norteamericanos presenciaron la ceremonia en cuyas fastuosas celebraciones se gastaron cuarenta y cinco millones de dólares y setenta millones en la seguridad.

Pero algo más importante que el Estado-espectáculo brilló en aquel ritual: el discurso de Obama refuta la falacia que exige sacrificar el valor de la libertad individual en aras del imperativo colectivo de seguridad. Para ello, recordó, aquella “gran nación” en tiempos pasados superó peores desafíos de inseguridad sin tener que romper el indisoluble binomio del imperio de la ley y los derechos humanos.

Finalmente, el vistoso ceremonial de posesión deja sin piso el tópico de que los regímenes presidenciales otorgan a sus Jefes de Estado poderes omnímodos para conformar su equipo colaborador. Al contrario: como verdadero mecanismo de equilibrio de poderes, el nombramiento de trescientos funcionarios de confianza (secretarios, subsecretarios, asistentes, etc.) —que Obama rubricó con su mano izquierda, ya que pertenece a la minoría de los zurdos— sólo quedará en firme cuando el Senado dé su asentimiento sobre cada uno de ellos.

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