EL ESCASO IMPACTO SOCIAL DE BUEna parte de nuestras interminables reformas institucionales obedece a que su centro de gravedad consiste en un simple cambio de nombres. Complejas reformas legales y constitucionales no son sino mudanzas nominales con poca resonancia en la cultura, la ética y las prácticas, pura verbosidad epidérmica.
Que cambien los nombres para que la realidad siga igual, parece la consigna. A Bogotá le cambiaron el nombre por el de Santa Fe de Bogotá en la Carta del 91, para devolvérselo luego en 2000 mediante Acto Legislativo. En 1995 el Ministerio de Gobierno pasó a llamarse Ministerio del Interior, sin que ello comportara modificación de las funciones y el papel real de esa dependencia. Al Ministerio de Justicia le adicionaron “y del Derecho” con igual inutilidad. Con la misma lógica, las tradicionales secretarías de Gobierno de muchos departamentos se volvieron “secretarías del Interior”, sin que variara la esencia anodina de estas entidades. Tampoco las inoperantes secretarías de Obras públicas devinieron en gerencias eficientes con su nueva y pomposa denominación de “secretarías de Infraestructura física”.
El prurito de acoger términos en boga motiva reformas de muchos estatutos de empresas: rebautizar como “departamento de administración del talento humano” lo que han sido las jefaturas de personal, y sin que ello produzca cambio alguno en el talante despótico y deshumanizado con que tratan a los empleados. Y ¡qué esfuerzo el del Congreso para cambiar recientemente el Código del Menor por el de Código de la Infancia y la Adolescencia!
En el mundo universitario la propensión a canonizar nuevos nombres para engendrar nuevas realidades ha tenido su versión: en 1980 reemplazaron la universal expresión ‘crédito’ por la de Unidad de Labor Académica, pero la mediocridad académica siguió campeando. Ciertos cambios nominales traducen preocupaciones de moda: tal vez para huir de la imagen autoritaria de la fuerza pública, la Asamblea de Antioquia prefirió llamar Código de Convivencia Ciudadana lo que siempre fue el Código de Policía de ese departamento.
Algunas denominaciones sugestivas condensan profundos significados que merecen ser explicitados. Así, ‘secretaría de equidad de género’ en vez de ‘secretaría de la mujer’, puede ayudar a precisar el objetivo informador de tales dependencias y las políticas que ellas desarrollan. Sin embargo, lo desafortunado radica en que la acentuada centralidad y trascendencia otorgada al aspecto semántico de las reformas le resta fuerza a la dimensión sociocultural y estructural de las mismas, las cuales permanecen inalterables. Siempre será más fácil cambiar nombres que realidades materiales o simbólicas, aunque a veces para esto último bastaría sólo alterar una pequeña clave oculta.
Esencialistas eran los pensadores medievales que creían en la unión inseparable entre el nombre y la cosa que él designa y con su esencia. Como lo dijera Borges: “Si …/ El nombre es el arquetipo de la cosa/ En las letras de rosa está la rosa”. En cambio los nominalistas concebían los nombres como simples marcas útiles para etiquetar las cosas (y volverlas a encontrar). Polémica maravillosa que revive ahora cuando nuestro mundo cree que mutar nombres (aunque tengan anclaje histórico) constituye paso obligado en las transformaciones institucionales.