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Esos tediosos e inútiles cursillos

23 de abril de 2010 - 01:13 a. m.

TRAS EL PROPÓSITO DE “CAPACITAción”, las entidades públicas y privadas programan los más diversos y superfluos cursos y cursillos, de forzosa asistencia para los empleados.

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Beneficiarse de actividades de mejoramiento y habilitación laboral es un derecho social, reconocido en el Art. 54 de la Carta: “Es obligación del Estado y de los empleadores ofrecer formación y habilitación profesional y técnica a quienes lo requieran”. Lo lamentable es que buena parte de tales capacitaciones carece de utilidad formativa en lo humano, lo cultural y lo profesional o técnico de quienes las padecen.

Los temas de estos cursos obedecen a modas teóricas, una mercancía discursiva muy apetecida en el momento por los consumidores de ideas simples procedentes del mundo empresarial competitivo. Hace años todos los funcionarios —desde jueces hasta parlamentarios, pasando por los profesores universitarios— tuvieron que entrenarse en la metodología Visión-Misión, aunque nadie captó la incidencia de tales conceptos en sus roles sociales ni se haya podido trazar una delimitación lógica entre los dos términos de dicho binomio. Seguramente una buena formación en Matriz DOFA (fortalezas, debilidades, amenazas, oportunidades) es provechosa para las empresas en un mercado, pero resulta poco significativa como simple barniz teórico asimilado en conferencias o talleres episódicos que no dejan huella ni crean un hábito mental. Hoy son ofrecidos los cursillos sobre “creatividad”, “actitud innovadora”, “cultura empresarial, “ética de los negocios”. Puede decirse que el cambio de cultura institucional depende de tales cursos capacitadores, tanto como la felicidad de la pareja de los cursos prematrimoniales.

El renglón presupuestal destinado a cualificar el talento humano podría ser mejor invertido en cursos necesarios para llenar vacíos de formación profesional o enriquecerla (en lo cual las entidades públicas son cicateras); pero también en cursos continuos de arte (pintura, música, teatro, danza, poesía). Ello porque el arte nos hace mejores seres humanos. Más que eventos instructivos fugaces, sería más provechoso programar actividades que moldeen una estructura mental, una formación reiterativa mediante constantes aproximaciones al saber. También una buena película puede llegar a conmover mucho más la conciencia ética que varias prédicas morales. Hasta el estudio de lenguas muertas, como el latín, disciplina más el pensamiento que los ejercicios fatuos de las academias de ocasión.

La vana inversión de los limitados recursos de capacitación comporta otro despilfarro: el tiempo del empleado, ya que durante varios días estará sustraído de sus deberes, con la contrariedad que causa en los usuarios la frase: “El doctor está en curso de capacitación durante esta semana”. De otra parte, la imposición autoritativa de tales cursos los hace odiosos, razón por la cual sería mejor ofrecer un menú variado y que sean los empleados quienes los seleccionen según sus preferencias. Y en lo posible, estas actividades deberían encuadrarse en el horario de trabajo, ya que sobrepasar en demasía la jornada laboral podría afectar el derecho al descanso.

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