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Freddie Mercury

26 de noviembre de 2008 - 09:23 p. m.

DIECISIETE AÑOS DESPUÉS, ESTE 24 de noviembre, la música universal rememoró su adiós a Freddie Mercury, líder y estrella del grupo Queen.

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Su nombre de pila: Farookh Bomi Bulsara y la imagen que exhibió a partir de 1980 —ojos, cabellos y bigote cerradamente oscuros— delatan algo que no encaja en el molde de los roqueros británicos. Es el origen persa de su familia (profesante de la religión de Zoroastro), su nacimiento en una isla del océano Índico (hoy Tanzania) y su niñez y adolescencia en la India, lo que contribuye a elevar su estatura mítica.

Nada tiene de hiperbólico considerar a Freddie Mercury como un músico iluminado, el más versátil y genial del mundo del rock y el pop. Su voz impactante —con raro registro de un contratenor, que recuerda los “castrati” del siglo XVIII— combina la técnica académica (“colocación”) con el desgarre vocal roquero. Su piano suena con raíz clásica y bordea el virtuosismo. Sus creaciones melódicas poseen la magia de atrapar sin pegajosidad vulgar: además de bellas (como Love of my life), están llenas de impredecibles modulaciones tonales de gusto beethoveniano. Escribía letras muy sugerentes, sin mensaje explícito. Elaboraba arreglos instrumentales y vocales audaces, con polifonías y complejidades armónicas, pero liberados de la pesantez barroca y las interminables disonancias con que aburre la música culta contemporánea.

Mercury y Queen no tuvieron que traicionar su estirpe roquera ni renunciar al sonido metálico pesado —ruido dicen los conservadores— de la guitarra, la batería y el bajo para demostrar la perfecta continuidad entre la música clásica y el rock, desafiando así las imposiciones comerciales de facilismo estético. El público siempre los acogió con fervor y los premió con el primer lugar de las listas: la opereta polifónica Bohemian Rhapsody (de más de seis minutos de duración) encabezó listas por nueve semanas en Reino Unido en 1975 y todavía en 2000 era aclamada mediante votación de internet como la más bella canción de la música contemporánea; la burlesca plegaria coral de Mercury Sombody to love (1976) ha sido reeditada hoy como tema central de la exitosa película infantil Ella está encantada; la emblemática We are the champions sigue sonando como otro himno de los juegos Olímpicos, y la voz de Mercury en We will rock you (de Briam May) presta un gran servicio al aprendizaje del inglés en los colegios. Todo lo cual ayuda a contrarrestar el basurero sonoro en el que está creciendo la actual generación.

Celebremos en Freddie Mercury su sensibilidad hacia la música universal: haber incursionado con respeto en el jazz (My melancholy blues), homenajear la canción árabe (Mustapha Ibrahim, en persa y árabe) y recrear armonías japonesas (La Japonaise). Disfrutemos su sueño realizado de interpretar con Monserrat Caballé su regocijante composición Barcelona (1988), adoptada como himno de los Juegos Olímpicos de 1992. Hay quienes, exponiéndose al anatema, afirman que, al lado de Mercury y Queen, los Beatles parecen una banda de aficionados. Sólo aquellos eran capaces de conmover en éxtasis gozoso, no a una masa inorgánica de adolescentes de histéricos alaridos, sino a ciento ochenta mil adultos durante dos noches seguidas (Wembley, 1986), hazaña histórica replicada de manera similar en Río de Janeiro, Sidney, Buenos Aires y Budapest.

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