Entre los años 2500 y 2000 A.C. tUvieron lugar en Egipto importantes revoluciones sociales: la lucha por el derecho a la inmortalidad del alma, hasta entonces privilegio exclusivo de Faraón.
Aunque inicialmente sólo las élites sacerdotales obtuvieron tan soñado derecho, al final el pueblo también terminó conquistándolo. Pero la democratización de ese antiguo privilegio originó que Faraón magnificara su exclusiva función de servir como divinidad mediadora ante el orden cósmico (lo que le permitía aparecer cada año, al crecer el Nilo, como dispensador de bienestar a la población).
Alcanzar nuevos derechos da felicidad y satisfacción, nos realiza como seres sociales y morales. Pero, tanto o más que los derechos, los humanos preferimos disfrutar de exclusividades, extraños derechos que sólo se estiman si de su disfrute están excluidas otras personas y ojalá muchas. Ello explica el que, aunque legítimamente aspiramos a habitar en un “buen vividero”, una vez obtenido ese bien y cuando tal “bendición” es asequible a muchos, entonces preferimos mudarnos a un “exclusivo sector” de la ciudad. ¿Será que no soportamos vivir donde mucha gente puede vivir?
De similar manera, desde que el centro de las ciudades se masificó y todo ciudadano raso pudo usufructuarlo, entonces, como huyendo de las invasiones bárbaras, nos hemos refugiado en los maravillosos castillos medievales del consumo: los centros comerciales, que no sólo nos brindan seguridad sino también la dicha de la exclusión. El mismo impulso que nos hace buscar restaurantes cada vez más exclusivos (excluyentes por precio, sitio de ubicación y etiqueta).
Cuando el ascenso cultural de segmentos humildes permitió a éstos gozar a Johann Strauss, entonces los excelsos valses vieneses parecieron melodías simplonas y pegajosas. La magia beethoveniana dejó de seducir a algunos cuando pasó a ser el gusto de mucha gente (entonces nos refugiamos en Mahler, Stravinsky, Janécek y hasta en Schoenberg). Lo selectivo ejerce por sí mismo una fascinación irresistible, ser una minoría selecta resulta tan apetecible como gozar de un derecho igualitariamente compartido, o aún más.
Cuando las clases medias lograron acceder a la educación superior, entonces matriculamos a nuestros hijos en universidades de élite, que seleccionan –excluyen– por capacidad intelectual y económica. Más tarde, desde que la formación profesional se hizo incompleta sin el complemento de una especialización —y todo egresado buscó hacerla–, entonces lo único que sirve es la maestría, y ni siquiera ésta sino el doctorado, y todavía más, sólo el posdoctorado habilita.
A pesar de discursos niveladores, la lucha por exclusividades parece profundamente arraigada en la conciencia. La prueba: nos encanta ser cobijados por regímenes legales especiales. Infortunadamente casi toda exclusividad obstaculiza el acceso de la población a bienes superiores. Son dos opciones: lucha por los derechos o búsqueda de exclusividades. Una de ellas ganará nuestro corazón.