FORMAR PARTE DE UNA COMUNIDAD territorialmente demarcada puede ser un atributo cultural definitorio del ser humano en esta etapa histórica.
Rasgo que dispensa identidad significativa y sello idiosincrásico. ¿Cuál es esa comunidad territorial que define culturalmente al ser colombiano? Si bien por canon constitucional hemos de pertenecer simultáneamente a varias —región, departamento, municipio, provincia, área metropolitana—, ¿cuál de estas entidades determina la real identidad?
Históricamente fue la provincia la primera demarcación espacio-cultural, la que determinó nuestra identidad como seres con apegos territoriales; la que permitió expresar nuestra primigenia voluntad como seres colectivos (biológica o culturalmente gregarios). Con mil esfuerzos logramos conformar una Nación —todavía inacabada— como mosaico agregativo de provincias autónomas que buscaron a tientas la cohesión social estable, necesaria para articular un precario aparato estatal. Fue la comunidad provincial la que nos permitió vernos como sujetos constituyentes originarios. Entonces la voz “provincia” carecía de la connotación peyorativa que hoy la asocia a periferia irrelevante.
La Constitución liberal de 1853 —la mejor Carta de toda nuestra casi inútil frondosidad constitucional— ordenó el ámbito territorial reconociendo 37 provincias con legitimidad histórica y capacidad de autogobierno (sin incluir las “Secciones Territoriales” de La Guajira, Caquetá y otros espacios no “suficientemente poblados”). Desde entonces y hasta muy avanzado el siglo XX, invocar la procedencia provincial —Pamplona, Ocaña, Túquerres, Tequendama, Mariquita, Mompós, Vélez, Buenaventura, Medellín, etc.—, era obligada señal de identidad personal.
Lástima que con el tiempo, los cambios en la distribución de centros de poder y la concentración urbana hipertrófica (“cuadricefalia” que aglomera más del 30% de nuestra población en cuatro ciudades), terminaron desdibujando aquel mapa de tan rico y variado colorido. Pero, como observó el lúcido investigador Orlando Fals Borda, en regiones como los Santanderes “las provincias nunca murieron”, siguen vigorosas, entre otras, las de Ocaña, Pamplona, Cúcuta, Vélez, Girón, Socorro, San Gil, García Rovira y Mares.
La bella utopía constitucional de 1991 —eso no más es esta Carta vigente— revivió las provincias como potencialidad futura, supeditadas al desarrollo de una “ley orgánica del ordenamiento territorial”, que probablemente no se expedirá en los próximos tiempos ni nunca. Otro tema que queda postergado para otras agendas.
Algunos departamentos lograron consolidar su perfil de comunidades territoriales históricas —más allá de simples estructuras burocráticas y circunscripciones electorales—, pero aún así no borraron del todo las identidades provinciales a las que a veces sólo une un tenue lazo socio-cultural. ¿Cuál es el espacio socio-cultural unificador del marinillo con el urabaense en Antioquia?
En contraste con Colombia —país de obsesivo afán por la “des-construcción” y “reinvención” social permanentes—, España mantiene intactas sus cincuenta provincias como base de la organización territorial, entre otros efectos para elegir el Congreso de los Diputados. Estas provincias conviven con diecinueve comunidades autónomas que ostentan a veces la robustez de Estados federados.