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¿Vigente la cátedra magistral?

24 de septiembre de 2008 - 08:30 p. m.

FACULTADES DE EDUCACIÓN Y SEMInarios de preparación de docentes universitarios han vuelto a discutir si la llamada cátedra magistral —conferencia docente, matizada con preguntas al y del auditorio— está mandada a recoger. Desde hace unos veinte años se impuso —como dogma de la ciencia pedagógica— la proscripción de esa metodología del “tablero y la tiza” por anacrónica, pesada en su forma y encarnación de la concepción del estudiante “receptor” (a-crítico).

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Quienes optamos por la profesión de docentes universitarios (y la preferimos a otras) hemos tratado de sustituir la cátedra magistral (“magistral” del latín magister-tri, “maestro”, no necesariamente brillante) por otras estrategias pedagógicas. Por ejemplo, en la enseñanza jurídica el método estadounidense de “casos”, en otras áreas el de “aprendizaje basado en problemas”, también la metodología del seminario, todos los cuales propician la participación activa de los estudiantes. Sin embargo, tan novedosas metodologías —cuyos fundamentos cognitivos y éticos son indiscutibles— imponen cargas muy exigentes de preparación docente y discente, técnicas de discusión sólo viables en grupos pequeños, y alta dedicación del estudiante a una materia. De otro lado, comienza a echarse de menos en estos métodos algunas virtudes que sólo la clase-conferencia ofrece para transmitir ciertos saberes.

Quizá la más lamentable consecuencia de aquella execración dogmática fue creer que la clase magistral podía ser reemplazada por ayudas audiovisuales de avanzada tecnología, especialmente el conocido video beam (desconozco traducción castellana). No hay conferenciante que no sienta hoy el imperativo de utilizar este artilugio. No utilizarlo puede ser motivo de sonrojo para el expositor, sin importar la temática y el auditorio. Pero semejante moda tecnológica comporta efectos terribles: el video beam exige sumergir al auditorio en una penumbra adormecedora, convierte al expositor en una sombra invisible, en casi todas las conferencias no ayuda sino a visualizar en píldoras la exposición, lo cual le genera la dramática disyuntiva entre leer o escuchar. La pérdida de vigor didáctico y calidad en la comprensión de ciertos discursos es evidente.

La preocupación por lo instrumental ha hecho olvidar que la mejor clase universitaria es una excelente conferencia, primorosamente preparada, agradablemente ambientada, sugestivamente pronunciada, abierta a preguntas y al debate. A su vez, la mejor conferencia debería tener el formato de una seductora clase, con todos los recursos pedagógicos, incluido el video beam cuando sea absolutamente indispensable apoyar la disertación en imágenes, cuadros estadísticos o citas textuales.

La esencia de esta discusión no reside en lo instrumental sino en otras dimensiones vitales del enseñar. El profesor George Steiner en Lecciones de los Maestros espeta la pregunta medular del problema pedagógico: “¿Qué es lo que confiere a un hombre o a una mujer el poder para enseñar a otro ser humano? ¿Dónde está la fuente de su autoridad?”. Responderla convoca a reflexionar sobre algo más que pura técnica, aunque ésta no debería estar ausente de la búsqueda. Según este mismo autor, el maestro se define ante todo como un buen transmisor (del latín tradere, que también significa enseñar): el que sabe cómo entregar a otro lo que bien ha sabido recibir.

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