Habría que imaginarse unas escenas. En video: una figura femenina se desplaza entre un paisaje descosido, la tierra escarpada, una casa improvisada, minúscula, un bricolaje de tablas y trozos de metal, adentro no hay piso sino tierra, afuera rondan los vestigios plásticos, ramas, desechos, las cosas amontonadas. La mujer silenciosa se arrima a la puerta, deja algo, un paquete, en el suelo de la casa. Afuera un pequeño séquito mira. No hablan entre sí. Al menos no en el momento en que se filma. Ellos tienen la tez oscura, ella la tiene clara. En otra imagen una figura femenina se filma a sí misma con el teléfono móvil. Como dictan los tiempos, porta mascarilla, gafas especiales, guantes. Detrás del autorretrato el panorama es similar a la esquela anterior; restos y despojos que coexisten con pequeñas casas improvisadas. Los suelos sin pavimentar. El sol lamiendo todo con inclemencia. Una cierta desolación. El dolor. El polvillo cubriendo el aire.
Ambas representaciones son parte de una causa similar. Personas que están invitando a donar comidas y recursos para terrenos carentes. Personas que están registrando las entregas de lo conseguido. El contexto es Cartagena de Indias. Las imágenes se proponen hacer visible el esfuerzo de quienes aparecen allí. ¿Qué tiene esa imagen? ¿Por qué la espina?
Basta un leve giro en la geografía cartagenera para que las carreteras de la ciudad —que se estima como un embrujo, una gema del Caribe— cambien de aire para ofrecer un panorama distinto al imaginario que destila de ese malecón, con su espléndida resolana amarilla y su mar nítido. De la exquisita fabricación colonial que alberga casas de dulce color, patios magníficos, el tipo de indulgencia y suntuosidad que permite el tropicalismo, se llega pronto a paisajes que hacen sentir la democracia como algo fallido. Trazan, ante cualquiera que lo perciba, las aberraciones de una configuración que hiere con su realismo desigual. Quienes nacimos y hemos sido socializados en esta tierra conocemos ese contraste con irrebatible claridad.
Cartagena de Indias, puesta al servicio de los placeres de todo aquel que la visite, con su aire de prostíbulo, es una ciudad de donde no se puede borrar nunca la calamidad de una esclavización. En ella persisten hoy, hirientes y ariscos, vestigios y realidades ante los fenotipos. Conectan con esa historia anterior. Conectan con un paisaje social fabricado sobre una profunda disparidad.
El contexto también es, de manera ineludible, una pandemia de escala inédita para quienes estamos vivos. Y ante ella unas poblaciones cuyas carencias solo se magnifican; ante ella el prospecto de amplios segmentos que sobreviven con métodos informales y para quienes la detención alucinatoria en la que nos hallamos tendrá consecuencias lacerantes. Hambre.
Dar, en estos tiempos, nos exalta conscientes y humanos. Dar, en aras de ayudar al otro, es algo que nos recuerda el fulgor que hay en la bondad. Los tiempos reclaman un enérgico sentido de solidaridad. Las ayudas pueden salvar. Por eso es necesario distinguir una idea primordial. Lo que se interroga aquí no es el acto de dar en sí mismo, sino la forma en que se hace, las imágenes que materializan y las cuestiones estructurales que nos permiten observar. La pandemia magnifica lo que ya estaba allí. Aumenta la visibilidad. Nos señala ciertos nervios en los ordenamientos que habitamos y que ameritan ser revisados, comprendidos, en estas circunstancias.
La fórmula, leo desde mi lugar, tiene las características de la calidad católica. Es caridad. Una forma de misericordia vertical. Un mandato moral que no necesariamente entraña compasión hacia la otredad. Un tipo de remiendo que araña las superficies, de manera momentánea, coyuntural, y que no necesariamente se propone atravesar las formas, lo evidente, lo visible —esa desolación carente, esa forma de aferrarse a la supervivencia— para sortear otros resortes, otra forma de realidad. Estructuras más equilibradas y humanas.
La caridad refuerza la jerarquía. Perpetúa la diferencia. Se alimenta de ella. Enmienda, no transforma. Refuerza la asimetría feroz que existe entre quien da y quien recibe. Las representaciones en las redes digitales delatan esa mirada central ante una otredad, necesitada, a quien se ayuda en estos tiempos. ¿No hay peligro de que sea eso una proyección del propio ego? ¿Por qué esa noción de narrar las entregas desde la autopromoción del gesto?
Eduardo Galeano trazaba una diferencia entre la solidaridad, de carácter horizontal, y la caridad que, al practicarse de arriba abajo, no altera las relaciones de poder. La caridad disimula la injusticia, no la perturba —decía también.
La venerable burguesía cartagenera no es muy presta a ejercer un sentido crítico sobre sí misma. No gusta de las preguntas que alebrestan su establecida inercia. A fin de cuentas allí puede ser importante la quietud para la conservación de una confortable identidad. No es, además, el único lugar donde se han movido estas dinámicas, pero en el contexto cartagenero el tema cobra un matiz peculiar. No caigamos en miradas disyuntivas que excluyan riqueza perceptiva. Hay valor en el esfuerzo. Hay efectos también. El esparcimiento de la bondad. Hay alivio. Hay sustento temporal.
Pero habría que preguntarse si era necesaria una pandemia global para sanar lo que desgarra a diario esa herida supurante que es el paisaje cartagenero, la miseria, la naturaleza racializada de todo lo que lastima de ella. ¿Cómo discernimos entre la buena fe y la necesidad, inconsciente, no necesariamente maliciosa de autopromulgarse? Las imágenes nos hablan. Nos hablan de ayudas verticales y de autopromociones digitales. Habría que preguntarse, disculpen ustedes la incomodidad, cómo perturbar la infamia. Cómo sacudir las estructuras internas sobre las que reside esa estampa que es su hiriente paisaje social.