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Defensa de la contradicción

14 de agosto de 2020 - 12:00 a. m.

Una noche de 1970 en Nueva York, un editor del Village Voice le indica a una de sus escritoras que ande a la calle Bleecker donde están reunidas esas, las de la liberación de la mujer. ¿Quiénes? Al cabo de unos días, la mujer se encuentra enteramente persuadida de lo que ha visto en su objeto investigativo. Desciende entonces sobre ella un fogonazo de entendimiento: allí, entre esas mujeres, era posible nombrar las cosas que fraguaban, espesas, en la caverna interior. Lo inexpresable pero concreto podía ser nombrado al fin. Con el contacto se instaló un pensamiento específico: discernir que los hombres habían sido enseñados de manera abundante a tomar en serio sus trabajos y cerebros – que las mujeres no eran enseñadas a percibirse como sujetos trabajadores de la misma manera. Ese, le pareció, sí que era el dilema central en la vida femenina del momento.

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La escritora era la ensayista y crítica Vivian Gornick (85 años, más de quince libros, varias nominaciones, traducida a más de trece idiomas). Estar allí significaba dejarse untar por el fervor sosegador de la retórica radical. Aquello se llamó así, movimiento de la mujer, y trajo consigo sismos y revolcones. De súbito, la reacción ante la asimetría acumulada durante años empezó a cuajar allí donde antes dominaban tensiones silenciosas y abdicaciones tácitas. La marejada de divorcios no demoró. Las mujeres dejaron de callar al ser silenciadas por colegas habituados a ejercer la voz verídica. Se buscaba paridad donde antes había una aceptación conformista.

El fogonazo de entendimiento proporcionó además una noción que de repente aparecía en todo: en el transporte y en la acera, en lo ordinario y en lo íntimo, en el banco y en los filmes, en el mercado y en la literatura. Allí estaba, ubicuo. Había bastado con asumir el lente, ajustar el foco para verlo, en lo grande y lo pequeño: el sexismo. Este ajuste de visión es habitual para quienes llegan a la subjetividad feminista. Que es, sobre todo, una forma de ver. Aunque los tiempos y el contexto sean distintos, así suele operar, con frecuencia, para muchas, el fogonazo del feminismo que Gornick sintió hace cincuenta años. Ese fogonazo iluminador se instala como un prisma para observar el mundo de nuevo, crítica, cuestionadoramente. Ser feminista es una forma de mirar el mundo conocido.

Aquello era, escribió Gornick, como si la mera revelación fuese también la posibilidad de acceso a una tierra prometida, “no sólo de igualdad política sino de libertad interna también”. El entendimiento generó un fervor. Y sin embargo, otra realización empezó a fraguar allí: si bien el fogonazo permitía unión en el análisis político, la ideología en sí misma, escribe, no iba a despojar a sus adherentes de sus seres heridos, de sus yo lastimados.

“Entre el ardor de la retórica y los dictámenes de la realidad de carne y hueso, parecía extenderse una tierra inhabitada de convicciones sin probar”. Así, muchas de las que habían recibido el centelleo del fogonazo feminista se convirtieron, escribe también, “en encarnaciones ambulantes de la brecha entre teoría y práctica”. Se cristalizaba un trecho de contradicción. “La discrepancia entre lo que declarábamos sentir y la complejidad miserable de lo que realmente sentíamos se hizo más aparente con cada día que pasaba”.

Con el fogonazo feminista viene, muchas veces, una claridad adicional que, pese al destello que implica, toma años para absorber, “que el solo entendimiento nunca probaría ser suficiente. El esfuerzo requerido para atener la semblanza de un ser integrado iba a ser la tarea de una vida entera”.

La narrativa personal de Gornick, inscrita también en la perspectiva feminista, contiene un lema que no pierde brío. Palpita en nuestros actuales días. La consciencia política suele sublevar entendimiento en el interior. Y sin embargo, así como la ideología no alcanza para integrar lo comprendido, así también, una idea puede tornarse en una teoría, la teoría en una postura y la postura en un dogma. “No había necesidad de revisar el contenido, lo único que tenía que hacer era repetir el mantra”, también escribe.

En nuestro paisaje actual, donde observamos la derechización del poder, una lógica antiintelectual y oposiciones que se enuncian con frecuencia demarcadas por violencias discursivas, los antagonismos lacerantes, binarios, hirvientes que se recrudecen en las arenas políticas y digitales incluyen algo sombrío y alarmante: la demonización del movimiento de la mujer. La aturdida saña de deslegitimar el feminismo sin conocerlo. Los linchamientos en las redes digitales pueden ser avizorados torbellinos misóginos que, al caer sobre las mujeres, son distintos, haciéndose más crudos y brutales. Esta tendencia merece ser observada.

Es un patrón que viene en alza. La ensañada manía de simplificar, reducir y distorsionar un término que resulta inquietante, feminismo, desdibujándolo. Como la misoginia busca, fundamentalmente, deslegitimar la experiencia femenina, este recurso es habitual cuando se pretende también desacreditar lo que se ha entendido es feminista. La brecha entre la práctica y la teoría está compuesta del forcejeo contradictorio que nos habita. Son texturas, escarpadas, claroscuros, los que asoman cuando una postura, idea o teoría aterriza en las amalgamas del vivir. Quién, acaso, no es la suma de sus propios espectros. La pugna entre sus propias contrariedades. El forcejeo entre sus aprendizajes y sus consciencias adquiridas.

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Y sin embargo, se impone también la noción de que la perspectiva feminista entraña un necesario puritanismo. O que, al ser imperfecta, la postura debe ser condenada severamente por “ineficiente”. La postura, se exige, debe ser exacta, compacta, lisa, afín y alineada a los aprendizajes que trae consigo la teoría. Esa exigencia puritana deshumaniza. Siembra la noción de que no hay caos humano en la perspectiva feminista, que no se mecen los pulsos contrarios que nos transitan. Como se insiste en pintar la caricatura sosa, gastada y facilista donde la enunciación feminista es un acervo de “iras delirantes”, se exige una pureza que pierde de vista lo que el dogma tiende a inhibir: que no importa el nivel de nuestra ideología, su consistencia o su fervor, siempre somos sujetos en formación, siempre fluctuando en esa semblanza de integración que, como ha comprendido Gornick, suele tomar toda una vida.

Estar atrapada en las propias cárceles del cuerpo y la belleza femenina, viéndolas, midiendo su origen, dimensionando su vigor y, aun así, no desprenderse de modo drástico de lo aprendido. Exhibir gustos que “comprometen” la perspectiva feminista – puedo, por ejemplo, delinear con nitidez consciente cuáles son los míos, como una fijación precisa por la figura del gangster italo-americano fílmico. Haber adquirido un estado de autonomía mental, concedida por lo que Gornick llama la soledad trabajadora, ese aprendizaje de usar el esfuerzo diario como una forma de tomarse en serio como sujeto pensativo, no exime a una mujer de los retos que supone el tipo de amor romántico que se le enseñó. Las fisuras son muchas, de muchos tipos. Todas conocemos el intersticio de los volúmenes y matices de nuestra propia contradicción.

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Exigir esa pureza abstracta es una estrategia más de vil demonización. Si no es perfecta, como la teoría, entonces, para efecto de desacreditación, la postura feminista debe ser entonces ficticia. Cuando lo cierto, lo realmente cierto es que el feminismo, al ser, sobre todo, un prisma, es una forma de observar el mundo y de discernirlo, es un terreno profundamente humano y, por ende, hondamente atravesado por la contradicción. Es incómodo también por eso mismo. Humanizarse es también acoger las propias brechas entre la práctica y la teoría, reconocer la propia riqueza de la contrariedad que es rasgo de todo mundo interior.

Vanessarosales.a@gmail.com, @vanessarosales_

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