Era una noche húmeda y calurosa de 1959 en Manhattan. El trompetista pródigo del jazz Miles Davis ha salido a la avenida para recibir el fresco de la noche neoyorquina y fumar un cigarrillo. Es la estrella primordial durante varias noches consecutivas en Birdland, un club reconocido. La atmósfera del piso subterráneo recibe, en esas noches de verano, el milagro aterciopelado que son sus melodías. Una muchacha rubia ha salido con él y Davis la ayuda a subir a un taxi antes de despedirse. Fuma. Es un momento apacible para un artista. Un policía lo avista y se aproxima. Le indica que es necesario que se remueva de la avenida. Hace calor, Davis descansa de su presentación, por qué tendría que quitarse de allí. Se resiste a la arbitraria petición. Tres detectives se suman y la escena estalla en una golpiza; ensangrentado y magullado, Davis es llevado a la estación. La prensa se llena de la noticia.
El gran Miles Davis, que no necesitaba componer para tocar. El incomparable, el singular. Un Ferrari amarillo. Trajes exquisitos. Un talento sublime. La respetabilidad adquirida como artista. Reverencia ante su música en París. Un hacedor de sonora maravilla. Nada, sin embargo, parecía servir como armadura contra una de las verdades que más podían aturdirlo como sujeto libre: el racismo de su país.
El asunto con una herida es que se vive sólo dentro de sí. A menos que se convierta en un dolor compartido. Y el color de la piel, en los Estados Unidos de América, guarda consigo un historial de dolor esclavista, de segregación incisiva y de punzante violencia separatista. Pienso en Davis. Con frecuencia su estela gloriosa y metálica se derrama en el espacio que habito. Me atraviesa de comprensión la cólera que arrastró consigo. El racismo estructural consiste en una visión específica: una donde los blancos conciben su subjetividad como norma y todo lo demás como desviación.
La ansiedad blanca es un tropo histórico que se repite. Está enconado en los subsuelos políticos y culturales de los Estados Unidos. Un policía blanco asesina a un hombre negro al desoír con mezquina indolencia la súplica: su rodilla sobre el cuello no le permite respirar. La brutalidad policial (predominantemente blanca) hacia la comunidad negra es otro tropo histórico que reincide. Un dolor antiguo se aviva. Estalla el clamor. Arde una estación de policía. La protesta desoye las circunstancias de una pandemia global. Crudo, ante nuestra vista, arde el racismo. El hastío que convoca. La ira que entraña su dolor.
En los 60 los Estados Unidos también ardían. Las manifestaciones daban forma a la herida de un lacerante y espeluznante separatismo. Un espejo con la década del 60 se vio cuando llegó a la Presidencia Donald Trump. Fue ansiedad blanca lo que empujó a que un varón locuaz en su misoginia, antisemitismo y racismo llegara allí. Las marchas femeninas estallaron a lo largo del territorio por aquellos días. Las mareas femeninas espejaban también la indisoluble relación entre el movimiento de derechos civiles y las luchas de emancipación femenina. Ambas se engarzaban en un panorama donde el poder y la agencia eran sacudidos por la exigencia de una reconsideración.
No es gratuito que el presidente de Estados Unidos citara entonces, por estos días, a un político segregacionista que en 1968 exclamó: “Cuando los saqueos empiezan, los disparos empiezan”. Se trata, después de todo, de un presidente que despliega energías para legitimar –como mostró prolija y dolorosamente en su filme Blackkklansman Spike Lee– un antiguo separatismo, pero que no parece hallar lo que se requiere de sí para expresar dolor o agravio por los cientos de miles de muertos que ha propagado un virus. Tampoco por el asesinato de estos días. En inglés, el término que se usó es looting. En los 60, la práctica suscitaba ansiedad, materializaba un dolor desoído, y favoreció la llegada a la Presidencia de Richard Nixon. (Otro espejo: tanto Nixon como Trump se aferraron a los segmentos que buscaban, sobre todo, la conservación de un mundo donde el varón blanco permaneciera como el vector primordial de la agencia y el poder, sin controversia o interrogación).
Porque Trump es, después de todo, la apoteosis de un símbolo profundo, cuya expansión explica el auge de la protesta social antes de la pandemia global, y no sólo en los Estados Unidos –México, Colombia, Chile, también habían lanzado ardores por sus propias heridas–. En los 60 también, uno de los faros de liberación racial de la época, Martin Luther King, explicó que los amotinamientos eran socialmente destructivos, conductores hacia la autoderrota, “pero en su análisis final”, dijo, “los amotinamientos son el lenguaje de los que no han sido oídos”. En ese momento, se refería a las promesas raciales e incumplidas, de justicia y libertad, a cómo un amplio porcentaje de la sociedad blanca se preocupaba más por conservar un orden rancio y tranquilo que les favorecía. La postergación de esa justicia, acotó, seguiría desencadenando brotes de ardor adolorido, traducidos en protestas y motines. Se refería a la que Estados Unidos se negaba a oír. Se refería a la consecuencia de una ira que es, en esencia, un dolor resguardado pero vivo.
Hoy, la ira es contra la derecha aniquiladora como ideología, como supresión de la diversidad; la ira es contra una configuración del poder sin emociones y humanidad, patriarcal; la ira es contra lo más turbio del neoliberalismo; la ira es contra la violencia sistemática hacia lo femenino, contra el racismo que persiste. La ira es contra la desconexión emocional que entraña Trump como vehículo cultural, la misma que se percibe en la reticencia de la sociedad blanca para reconocer la existencia de un racismo estructural —como señala la periodista Reni Eddo-Lodge—.
El pensamiento histórico permite leer la afinidad entre las contingencias. Pero las comparaciones resultan más efectivas si se delinean en el contexto y su especificidad. Un espectro no es un reflejo nítido. Por eso, la coyuntura nos pide la pregunta: ¿en la América Latina, en Colombia, en Cartagena de Indias, qué es y cómo se comporta el racismo? ¿Qué narrativas podemos extraer de las imágenes de protesta? Nos jalan hacia el vistazo estructural.
Los que no comparten la ira y su ferocidad posible tal vez no llevan consigo esa misma llaga. Pero lo humanamente ético es comprender el ardor de la herida que insiste en hacerse oír. No es necesario compartir una subjetividad para solidarizarse o sentirla, aún cuando nos sea distinta. No es tampoco acertado condenar o juzgar las formas en que se expresa una población sistemáticamente adolorida. Requerimos la conexión emocional que los patriarcas de la virilidad blanca no exhiben. Las mujeres mexicanas y latinas destrozaron monumentos públicos ante los alarmantes números de feminicidios. Lo que hace a otra pregunta latir: ¿qué nos debe enardecer más? ¿El saqueo y el ensañamiento contra las tiendas, las calles enardecidas o los dolores que bullen detrás de esos modos de expresión? La ambivalencia inescapable reside también en que el fogonazo puede traer consecuencias veloces —como la condena del oficial que asesinó a George Floyd—, pero puede también robustecer coletazos reactivos, como el fortalecimiento del conservatismo racista, todo sin ir adentro, al fondo, a la estructura, a la raíz.
En Colombia la protesta irrumpió hace unos meses, trazando con fiereza la constelación de los muchos dolores de un pueblo también desoído. De un lado, una corriente que concibe quemarlo todo, el destrozo como consecuencia necesaria y legítima. Otra vertiente mira las consecuencias que arrastra, a largo plazo, el chispazo del motín, sus estragos posibles. Esta ínfima observadora puede comprender las dos.
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