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Una ideología antintelectual

14 de mayo de 2020 - 12:00 a. m.

En una sesión informativa el líder máximo de un país se enuncia sobre el tema que tiñe nuestra temporalidad: un ubicuo virus. Va hilando una serie de ideas sobre prospectos médicos que se han discutido con su equipo encargado. Flashes, periodistas. Habla entonces sobre la posibilidad de recurrir a la potencia de los desinfectantes, a buscar un método que permita incorporarlos al cuerpo, ¿una inyección posible? ¿Algún método que actúe sobre el cuerpo como la limpieza de una superficie inanimada? El hombre de la escena conocida es Donald Trump, hoy el presidente de uno de los lugares más carcomidos por la pandemia global.

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Es el mismo hombre que desbarató los equipos consolidados por presidentes precedentes; las unidades que buscaban anticiparse a la pandemia desde la virología. Es el que ha defendido bandos antisemitas y racistas. El que llegó al poder sin disimular su misoginia. (Su forma de considerar a las mujeres, percibirlas, referirse a ellas). Un personaje conocido por sus afirmaciones irreflexivas. Entre otras cosas, destacable por descalificar de manera frecuente a expertos, académicos, intelectuales, científicos. El hombre que puso en duda la veracidad de los cambios ambientales. (La misma postura que desoyó los presagios australianos y que aniquiló desoladamente a millones de animales). Fue el que propuso imaginarse si tal vez aquello no era meramente un invento de los chinos. Con frecuencia espeta frases que relucen por su visceralidad. Adora la burda simplificación. Luego de sus afirmaciones sobre la posibilidad de aplicar desinfección para combatir el virus, políticos y empresas pidieron a las audiencias desoír semejante consideración.

Trump ha sido el vehículo de unas políticas que, como pincela la escritora Siri Hustvedt, trazan una retórica que habla de pureza e impureza, de aislamiento, de desconfianza, de muros y expulsiones, de encierros y de restituciones; “la perniciosa fantasía” de auto-suficiencia, de una persona autónoma y aislada que no necesita a nadie. “El vaquero solitario, el hombre self-made, el individuo rudo, son todos una iteración de un ser ficticio, inevitablemente un ser masculino y blanco”. Sobre eso está cimentada la figura de Trump. Pavonea, presume, golpea – dice Hustvedt – sin nunca dejar ver un atisbo de empatía hacia otra persona, algo de culpa por las acciones que ejecuta. Trump, remata, es le encarnación teatral de una ruinosa ideología.

Porque Trump no es solo el presidente de un país que ha desenterrado sus violencias fundacionales a través de su presencia – Trump es la representación discursiva de eso, de una ideología que se hace visible en estos tiempos. Una virilidad blanca y herida, forcejeando por conservar unas formas de poder que se sostienen sobre la arrogancia. El tipo de arrogancia que creía inagotable la explotación de la tierra, que se aferra a unos ideales de ganancia que deshumaniza. Que adora el poder como una posesión. Esa arrogancia es lo que ha suscitado incompetencia, una maraña de falsedades, esa sensación agobiante de caos. Es la base para una retórica que se encarga de señalar y condenar todo tipo de otredad. Es la actuación de una ideología que es también y, esencialmente, antintelectual.

También es cierto que la imaginación estadounidense siempre ha inventado demonios concretos según los temores que movilizan sus épocas. A través del miedo, han fabricado históricamente un “nosotros versus ellos”, recurriendo a grandes categorías, diseñadas para ser temidas y perseguidas aún desde el desconocimiento. Lo que vale es la simplificación y la condena de eso. Trump ha exacerbado esto justamente. El ombliguismo estadounidense se ha visto en sus imaginaciones fáciles sobre lo exótico y lo lejano (todo lo latino reducido al tropicalismo y lo mexicano, por ejemplo, múltiples caricaturas hollywoodenses). Se ve en esa amplia población que se hizo presente en 2016, la misma que mantiene vivo el macabro concepto del Ku Klux Klan y sus líneas afines. La tierra de los libres, el hogar de los valientes – siempre y cuando seas un varón blanco, claro está.

El comunismo, el narcotráfico, el terrorismo, todos han sido grandes demonios para las imaginaciones estadounidenses. Una paranoia vehemente. Un enemigo desdibujado, proyectado en alguna geografía y cultura específica. Un otro que hay que temer y condenar. Una ideología antintelectual niega con fervor la otredad. Experimenta una gran ansiedad ante la idea de lo diverso. Se niega a la complejidad. Se aferra a los binarios más opuestos. Por eso demoniza con facilidad. Por eso rechaza el pensamiento crítico. Las actitudes antintelectuales tienden a ser parte de la vena del conservatismo, de las derechas. No es coincidencia. Entre más facilista es una ideología, más permite credos incendiarios. (No por ello hay que concluir que la actitud antintelectual no incube en las izquierdas, donde los vicios del poder también se expresan vigorosamente).

Académicamente se ha establecido que existen distintas gamas o corrientes. Sin embargo, el tipo de antintelectualismo que más se materializa en la actualidad, en el terreno de las políticas y la opinión pública, es ese que sostiene particular antipatía hacia individuos que claman sostener un conocimiento cultivado ante un tema determinado. Esa vertiente concibe el conocimiento especializado como una forma de elitismo. Adora la polarización – es uno de sus sellos y banderas. En ella no hay reflexión solo reacción incandescente. Se alimenta del tipo de arrogancia que antepone la respuesta fácil antes de cualquier consideración que requiera hondura, tiempo, introspección. En el rótulo estadounidense, esa ideología se traduce en la expulsión de un demonio que se ha reinventado (el inmigrante); se expresa en la deslegitimación del conocimiento científico y las consideraciones de los intelectuales. El conservatismo añora premisas y fórmulas que celebren un confortable pensamiento unánime. El dogma deja poco margen para la duda y el cuestionamiento, se asume como verdad maciza que no requiere interrogación.

Esta no es una retórica ajena para Colombia. Somos un lugar que puede ser particularmente despreciativo hacia el esfuerzo intelectual. Aquí parece ser perturbadora la complejidad. Parece seducir tremendamente el espectáculo simplificador. Violento, si se puede. (Para la prueba, Twitter, el valle digital de las iras; para la prueba un país obsesionado con caudillos y abrumadoramente insistente en arrastrar todo debate a la esfera personal). Una reticencia hacia las ideas. Y las mismas figuras de la intelectualidad pueden verse con frecuencia al servicio de un debate obnubilado por la trifulca personal.

En nuestro contexto, el antintelectualismo también es vehículo ideal para nuestra tradición de bipartidismos, esos que mutan apenas en nombres y superficies. Esos que nos dejan, en el fondo, repartidos en la visceralidad de un binario, en ese péndulo hiriente: tesis y antítesis no permiten nunca síntesis. Así, poco se discuten conceptos políticos que existan por fuera de adherencias partidistas y apegos personales. Tal vez la percepción del conocimiento especializado como un tipo de esnobismo sea el recuerdo de rasguños y heridas más arraigadas en la fracturada repartición de posibilidades de este país. Es comprensible. Pero la antipatía hacia la intelectualidad habla sobre nuestro temor a lo que nos extrae de la reacción fácil. Nos asustan las profundidades. Las necesitamos.

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