Llegó septiembre, un mes que solemos vincular con el terror o el amor.
Se lo ha llamado en ocasiones “septiembre negro”, como si la tragedia le fuese inherente. Este mes sin festivos ha sido escogido por el comercio organizado en Colombia para celebrar el Día del Amor y la Amistad, debido a que el Día de San Valentín cae en febrero y coincide con la temporada de compras escolares en nuestro país. Esta celebración dispara el consumo de regalos y extiende la trivialización de emociones como el amor.
Ha sido San Agustín quien ha escrito de manera más profunda sobre el amor. No en vano la filósofa alemana Hannah Arendt escribió su iluminadora tesis doctoral sobre El amor en San Agustín. El amor es movimiento —dice éste— y todo movimiento va hacia algo. La cosa que deseamos es un bien, y el rasgo distintivo de este bien es que no lo tenemos. Una vez que tenemos el objeto ansiado nuestro deseo cesa, a no ser que estemos amenazados por su pérdida. En este caso, el deseo de tener se torna en temor de perder. El amor es la posibilidad del ser humano de tomar posesión del bien que lo hará feliz. Por ese temor a un futuro incierto privamos a cada momento presente de su serenidad, de su intrínseca relevancia, que somos incapaces de disfrutar, y así el futuro anula el presente.
El escritor Ortega y Gasset afirma que el amor es el acto más delicado y total de un alma, y puede involucrar estratos más hondos que la voluntad. Éste sólo es posible cuando se da porosidad del alma y capacidad de interesarse por el prójimo, de transmigrar a él; por eso el amor, a quien pintan ciego, es vidente y perspicaz; el amante ve cosas que el indiferente no ve, y por eso ama. El tipo de humanidad que preferimos en el otro ser dibuja, a su vez, el perfil de nuestro corazón. Este sentimiento es un ímpetu que emerge de lo más subterráneo de nuestra persona, y al llegar al haz visible de la vida arrastra en aluvión algas y conchas del abismo interior. Amar es algo más grave y significativo que entusiasmarse con las líneas de una cara y el color de una mejilla; es decidirse por un cierto tipo de humanidad.
Para el sociólogo Zygmunt Bauman, en las condiciones económicas y simbólicas creadas por la modernidad, el amor se ha tornado líquido. El compromiso duradero ha dejado de ser un proyecto tentador. La gente vive hoy en el descompromiso y la soledad. Conformar una familia, tener hijos, son verdaderos obstáculos para la libertad que reclaman los objetos líquidos.
Llegó septiembre y se irá pronto con sus pequeños rituales y juegos abiertos o secretos entre amigos que nos recuerdan la fragilidad actual de los vínculos humanos. En medio de ese destello de luces, obsequios y avisos comerciales, no faltará quien sienta la zozobra de la ansiedad, la espera y la memoria. “Es el amor —dirá Borges—, con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles”.
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