Los bajos niveles que presentan los grandes ríos de Colombia, como el Magdalena y el Cauca, reflejan la inclemente sequía que afecta al país.
Las imágenes dramáticas de los lechos secos de esas emblemáticas corrientes evidencian cómo el crecimiento de la población y el cambio climático afectan cada vez más la variabilidad del agua. Ello incluye a los medianos y pequeños ríos y arroyos de las distintas regiones del país a los que la población ribereña les otorga una alta valoración simbólica y social.
A los ríos se les confiere un amplio rango de sentidos en las distintas agrupaciones humanas. Ellos pueden ser representados a través de metáforas: entre las más frecuentes se encuentran la del río serpiente o el río camino. Además de su aprovechamiento como vía de comunicación, fuente de agua y de alimentos, son espacios lúdicos en los que se escenifican diversos juegos acuáticos. Los ríos se encuentran vinculados a rituales de los grupos humanos que habitan sus cuencas. Las dinámicas geográficas y sus hitos se hacen inteligibles a través de los relatos históricos, las descripciones, los cantos y los relatos. A lo largo de una cuenca podemos encontrar campesinos, indígenas, mineros, pescadores, misioneros, militares y operarios de una represa. Por ello los ríos son lugares en donde se llevan a cabo numerosas actividades superpuestas y contradictorias nacidas de la diferencia y la desigualdad y productoras de ésta.
Las represas suelen ser vistas como un acontecimiento triunfante que resalta una heroica acción de los humanos sobre las fuerzas “naturales”. Estas concepciones se derivan de ideologías de modernización en las que este tipo de obras son vistas como sinónimo de progreso y construcción de nación. Por lo general se exaltan sus beneficios, como la habilitación de nuevos distritos de riego o la generación eléctrica, pero sus impactos sobre la biodiversidad, la pérdida de bosque, la supresión del intercambio biótico en partes de su cauce o la relocalización de la biota merecen una menor atención.
La historia de un río nos muestra cómo la acumulación de la intervención humana va transformando su curso natural. En el caso de algunos ríos, como el Ranchería, puede observarse cómo una élite de burócratas puede tener la capacidad de tomar el control de estas corrientes fluviales y, en consecuencia, el de la gente sedienta que lo habita. Ello nos hace posible entender que el control sobre los ríos no es algo que se limite al cambio generado en el paisaje y los ecosistemas; sino que tiene que ver con la distribución del poder en una sociedad y con el surgimiento o la consolidación de élites burocráticas y económicas.
Al mirar el cauce seco del Ranchería, que es el río de mi aldea, vienen a mi memoria los versos de Fernando Pessoa: “el Tajo entra en el mar en Portugal / Todo el mundo lo sabe. / Pero pocos saben cuál es el río de mi aldea / y para dónde va y de qué sitio viene. / Y por eso, porque pertenece a menos gente, / es más libre y mayor el río de mi aldea”.
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