El impacto de la acción humana sobre el resto de las especies vivas pone en riesgo como nunca antes su propia supervivencia. El reciente informe sobre biodiversidad auspiciado por la ONU nos advierte de la inminente desaparición de un millón de especies animales y vegetales. El informe debería llevar a cambios drásticos en el modelo de producción de energía y el de consumo de recursos. El impacto de la acción humana no es solo medioambiental, sino que tiene que ver con el bienestar de todos y el alcance de los objetivos relacionados con la disminución de la pobreza en todos los países.
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Con razón parte de la comunidad científica considera que hemos entrado en una nueva era geológica: el antropoceno, pues durante los últimos siglos la humanidad ha dejado una huella negativa en el medioambiente. Según el informe, los cambios en el uso de la tierra y el mar han ocasionado que tres cuartas partes del medioambiente terrestre y alrededor del 66 % del ambiente marino se han visto radicalmente alterados por la acción humana. El informe resalta un hecho que merece nuestra atención y es el de la confluencia de los científicos occidentales y el pensamiento de los pueblos indígenas en relación con el diagnóstico acerca del planeta y con las formas de convivir respetuosamente con el resto de los nos humanos.
Es evidente para los redactores del informe que en los territorios indígenas la biodiversidad está mucho mejor preservada y sus principios de interrelacionamiento con los demás seres vivientes puede ser un modelo a seguir. No se trata de hacer un inventario de simples técnicas utilitarias, sino de principios ontológicos sobre cómo concebimos a aquellos otros que Occidente encasilla en una esfera conceptual llamada “Naturaleza”. Para diversas sociedades indígenas americanas, los seres vivientes: astros, cerros, vientos, plantas y animales estuvieron entremezclados en un tiempo mítico bajo la forma de una humanidad primordial. Aunque actualmente estén morfológicamente transformados, esos seres de la humanidad inicial conservan mucho de ella, de manera que animales y plantas pueden ser considerados como personas con las que podemos mantener diversos tipos de relaciones sociales. Las personas humanas conocen íntimamente un ambiente dado y se encuentran en una íntima relación con los seres que lo habitan de la misma manera en que conocen a los parientes más cercanos con quienes comparten íntimamente la vida cotidiana.
Occidente, en cambio, mira a los demás seres vivientes como meros organismos. Animales y plantas son solo recursos económicamente mensurables y aprovechables. En lugar de tratar a las plantas y animales como categorías de parientes, una sociedad de extraños genera extraños naturales sobre los que se proyecta una relación jerárquica. Algunos autores como Marisol de la Cadena consideran que el reconocimiento de las ontologías indígenas puede disputar el monopolio de la ciencia noratlántica para definir la “Naturaleza”; por lo tanto, pueden poner en evidencia el carácter provinciano de la llamada ontología universal y, de esta manera, ellas prefiguran la posibilidad de un diálogo respetuoso entre mundos divergentes pero igualmente afectados ante un declive sin precedentes de la vida en la historia de la humanidad.
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