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La mochila wayuu: ¿paisa o paisana?

13 de marzo de 2015 - 09:05 p. m.

Los medios de comunicación han alertado al país sobre el surgimiento de una nueva y lucrativa actividad económica en la capital antioqueña: la fabricación masiva de mochilas wayuu.

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Según lo denuncian las propias artesanas indígenas, mediante la aplicación de procesos industriales de producción y el empleo de máquinas un grupo de mujeres de Medellín llegan a fabricar hasta 500 mochilas wayuu en un solo día y estas se venden por un precio mucho menor al que la comercializan sus congéneres indígenas. Esta situación surgida de la viveza de algunos connacionales pone en evidencia que para ciertas entidades e individuos el patrimonio cultural que representa el conocimiento indígena es una especie de bien mostrenco.

Reproducir de manera inconsulta y arbitraria las creaciones indígenas constituye, como mínimo, un acto de competencia desleal que crea confusión en el ejercicio del comercio e induce al público a error sobre la naturaleza, el modo de fabricación, las características, la aptitud en el empleo o la calidad del producto. La mochila wayuu ha logrado hoy, gracias a su calidad y refinamiento estético, una amplia valoración en América y Europa. Ello puede permitir el acceso creciente a grandes mercados y a una generación de ingresos para miles de nuestras paisanas wayuu. Sin embargo, como ha ocurrido con varios textiles con dibujos muy característicos, como las alfombras zapotecas de México, cuando esos artículos se pueden reproducir a un costo menor y en grandes cantidades, pierden su valor comercial y dejan de ser una novedad.

La elaboración de mochilas indígenas por las mujeres wayuu no es una simple práctica de carácter utilitario. Ellas aprendieron ese arte durante períodos de transición biológica y social cruciales para su formación como mujeres. Las figuras presentes en el tejido, llamadas kanaas, son reproducciones estilizadas de elementos del universo cotidiano como objetos de uso doméstico y también incluyen astros y rasgos de animales o plantas. En todos ellos aflora la estrecha relación entre humanos y no humanos. Un diseño recibe el nombre de Kalepsü: como el gancho de madera que se usa para colgar objetos del techo, y así se encuentran: el caparazón de la tortuga, la vulva de la burra, el ojo del pez, el asa de la calabaza, la hormiga blanca, las huellas de los caballos, la tripa de la vaca y la doble cabeza de mosca, entre muchos otros. Esos diseños, que muchos compradores no comprenden en su riqueza y complejidad, son inteligibles para las especialistas indígenas tales como tejedoras, pintadoras y alfareras.

Es dudoso que quienes operan la máquina de reproducir mochilas comprendan que todo ese rico conjunto de grafismos del tejido wayuu es una forma de ordenar el universo y que ellos hacen parte de un complejo sistema de comunicación que se realiza mediante pigmentos, agujas e hilos que son los vehículos que permiten la visualización de las representaciones codificadas en la memoria de una agrupación humana. Los pueblos indígenas son los verdaderos propietarios colectivos de sus obras, artes e ideas y no debe permitirse que esos elementos de su patrimonio cultural e intelectual sean arbitrariamente enajenados.

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