El país discute, guiado en algunas ocasiones por la reflexión y en otras por la emoción, acerca de las bondades o inconveniencias del acuerdo de paz. Ello me hace recordar largas conversaciones sostenidas con mediadores indígenas acerca de los valores menoscabados por los conflictos entre seres humanos y que ellos identifican como la vida, la libertad y la paz.
Muchos de los argumentos de estos palabreros indígenas se enmarcan en una poética que comprende la utilización de formas y procesos estéticos en la mediación de conflictos. En ellos se expresa una reverencia por la vida valorada como un delicado tejido que es apreciado a través de las texturas y los patrones intrincados de la cotidianidad. Así, la vida es vista como la máxima riqueza, potencialidad y belleza. “Nadie es más pobre que un rico muerto”, decía el gran palabrero wayúu Ángel Amaya Uliana. “La vida es una mujer de 15 años. Con la vida todo lo puedes. Con la muerte nada”.
La violencia pone en peligro la libertad entendida como la posibilidad de movernos según nuestra voluntad por los extensos caminos de la tierra. El palabrero Isidro Epinayuu cuenta que la tierra tiene distintos tamaños. Es ancha para los seres mansos. Aquellos para los que todo conflicto, por grave que sea, puede ser conciliado. Es estrecha para los seres quisquillosos, para quienes el menor roce debe llevar a la guerra. Estas personas, guiadas por su carácter violento y puntilloso, se involucran en múltiples confrontaciones que terminan limitando su capacidad de moverse en el mundo y ven cómo el suelo que pisan va reduciéndose gradualmente bajo sus pies.
En esta perspectiva indígena, la paz se halla asociada a la tranquilidad y la prosperidad. La guerra a la constante incertidumbre y la pobreza. Todo acuerdo entre antiguos adversarios es, por tanto, una invitación a la riqueza. El objetivo de ellos es restaurar las relaciones sociales rotas entre grupos humanos, no persiguen la degradación de los otros, sino su recuperación como seres sociables. Ellos se enmarcan dentro de una justicia cuya orientación es restaurativa y no punitiva. En consecuencia, la cárcel es considerada una institución bárbara, ajena a sus tradiciones e ilegítima. Un lugar de ocio y engorde para los anteriores enemigos que no se considera relevante dentro de la compensación esperada.
Mirar hacia nuestros pueblos indígenas puede ser iluminador en los actuales momentos. La paz es considerada por algunos de ellos como un imperativo social que vincula ética y estética. La estética y la ritualidad pueden orientar los acuerdos y su cumplimiento; al mismo tiempo hacen posible la confluencia de lo racional y lo sensitivo dentro de ellos. Los acuerdos buscan restaurar las capacidades sociales perdidas durante la guerra de tal manera que ambas partes sean ganadoras. El anterior código de comunicación basado en ofensas físicas y verbales dirigidas a deshumanizar al otro debe ser cambiado por un nuevo código de compromiso y mutuo respeto. La gran tarea que deben emprender lo antiguos adversarios es imaginar y crear conjuntamente en esta espaciosa tierra nuevas configuraciones sociales y un nuevo marco moral para su relación.
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