El camino a la reconciliación de los colombianos se vislumbra prolongado y tortuoso. La eliminación sistemática de líderes comunitarios y también de excombatientes de las Farc, a los que se suman los actos de intolerancia organizados contra quienes dejaron las armas y tratan de obtener el apoyo ciudadano en las urnas, son claros obstáculos para alcanzarla. La reconciliación es un proceso necesario para evitar la trasmisión intergeneracional del odio y el deseo de venganza, la polarización y la negación de la humanidad del otro.
En Colombia, como ha ocurrido en otros países, este proceso será difícil, porque en la medida en que una sociedad se polariza, muchas personas evidencian problemas para imaginar los detalles de la existencia cotidiana sin las amenazas y temores del pasado. Algunos grupos han construido su identidad política con base en el conflicto. Ellos se apegan a demandas jurídicas o sociales que mantienen situaciones conflictivas, buscan deslegitimar al oponente y negar así la posibilidad de desarrollar relaciones pacíficas.
En su ensayo Leadership and Reconciliation, autores como David Bargal y Emmanuel Sivan consideran que para marchar hacia la reconciliación es clave la capacidad de los líderes de mostrar convicción, reafirmar confianza, hacer cumplir los compromisos y evidenciar las consecuencias éticas de sus decisiones en favor de la paz. En contraste, en la guerra de los Balcanes algunos líderes fomentaron entre sus seguidores el surgimiento de orientaciones emocionales como el miedo, la ira y el odio. Interesados en ganancias políticas de corto plazo, jugaron con la necesidad de apego de sus prosélitos y su vulnerabilidad a las afirmaciones de que los símbolos de su identidad grupal estaban en riesgo.
La reconciliación es un proceso que requiere de voluntad, organización y esfuerzos para superar los obstáculos. Por ello preocupa el anuncio de que los puntos pactados en el Acuerdo de Paz sólo se han cumplido en poco más del 18 %. Aunque ella puede ser alcanzada como resultado de los acuerdos, no debe ser considerada como un sustituto de estos. En el centro de los conflictos se encuentran diferencias reales e intereses concretos, y para su finalización se han pactado compromisos de naturaleza diversa que deben cumplirse de la manera más completa posible, en consecuencia, no podemos esperar que la reconciliación pueda hacer todo ese trabajo por sí misma.
La reconciliación conlleva un reordenamiento emocional y cognitivo, que permite el desarrollo de una nueva relación entre antiguos enemigos. La reconciliación, sin embargo, no puede ser impuesta y tampoco debe ser prematura. Las personas y los grupos de víctimas pueden alegar el derecho a no reconciliarse. Debemos comprender que ella es un proceso que actúa a nivel interpersonal e intergrupal y requiere de tiempos, pues usualmente su resultado no involucra a todos ni es simultáneo. Los especialistas la definen como la marcha gradual de una sociedad que parte de un pasado dividido, basado en el agravio y la violencia, hacia un futuro compartido fundado en la confianza, la verdad, la justicia, el respeto y la seguridad.