La reciente decisión unilateral del gobierno de Nicolás Maduro de expedir un decreto que fija unos límites marítimos en áreas que todavía están por delimitar con Colombia despertó en este país el conocido fantasma de la pérdida de importantes áreas marinas cuando sus ciudadanos aún no se recuperan del amargo fallo internacional favorable a Nicaragua.
Sin embargo, esta señal de alerta debería contribuir a una mayor reflexión y valoración sobre lo que ha significado el mar en nuestras historia y el conocimiento que sobre él tienen los distintos pueblos que lo habitan. Este conocimiento local ha sido insuficientemente valorado no solo en las instancias estatales sino aun en los círculos académicos.
El mar puede ser percibido como un espacio hostil y salvaje desde el que la tierra es un referente grato y tranquilizador, pero también puede ser considerado por otros como un lugar familiar y no amenazante. Aunque no existe una concepción uniforme del mar en las distintas sociedades sí es posible encontrar un tipo de geografía cultural asociada a su construcción, afirma John Mack en su obra The Sea : a Cultural History. La territorialidad nos aporta una evidencia de esto pues el mar cercano a la costa es usualmente estimado como algo familiar pero más allá del horizonte será considerado un extraño. La concepción del mar como territorio ha llevado a diversas comunidades de pescadores a la elaboración de una extensa y compleja toponimia de caladeros cuya ubicación espacial puede ser muy clara y específica. De manera complementaria, los pescadores pueden identificar conjuntos de formas paisajísticas frecuentes en los fondos marinos que tienen, en contraste, un carácter genérico.
Es cada vez más importante ampliar el conocimiento disponible acerca de las formas en que los pescadores indígenas, raizales y afrocolombianos conceptualizan y llevan a la práctica las relaciones humano-ambientales en las áreas marinas. Los conocimientos tradicionales y los ecosistemas van siendo desmantelados hoy simultáneamente en un proceso de desterritorialización en el que especialistas occidentales imponen distinciones y categorías en interés del orden, la racionalidad y la uniformidad global. Por ello, la relación con el espacio marino no debe ser vista solamente desde una de perspectiva utilitaria. Dichas relaciones pueden comprender comunicaciones oníricas para alertar de peligros sobre quienes navegan y la realización de rituales en sus aguas o sobre las canoas para acceder a distintas especies de peces. También se socializa y se humaniza el espacio marino cuando los pescadores asignan topónimos o fijan marcas y señales para definir un área de pesca.
Si preguntáramos a los pescadores indígenas que habitan ancestralmente el área en litigio entre Colombia y Venezuela ¿a quién pertenece dicho mar? Responderían: ni al uno ni al otro pues son solo dos jóvenes repúblicas construidas jurídicamente sobre el territorio de un pueblo histórico y milenario. Los islotes de los Monjes, llamados Waliraajo´u en la lengua wayuu, junto con el cerro Iitujolu, situado en el extremo norte de La Guajira, y con otros elementos del relieve peninsular como el Cerro de la Teta, fueron hermanos en tiempos extraordinarios y conforman hoy una especie de geografía mítica que configura y ordena la península de La Guajira. En consecuencia, estos promontorios son desde el conocimiento indígena , indivisibles.