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La última columna

14 de agosto de 2014 - 08:50 p. m.

A comienzos de 2008 recibí una inesperada llamada de Fidel Cano, a quien no conocía (ni conozco) personalmente.

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El motivo resultó para mí absolutamente sorprendente: me proponía escribir una columna periódica en El Espectador, que por entonces aparecía sólo en su versión digital. Mi vida profesional ha transcurrido de manera casi exclusiva entre el litigio y la academia, ámbitos en los que se acostumbra redactar de manera relativamente extensa y con profusión de términos técnicos; por eso la oferta me resultaba tan intimidante como tentadora. Era una oportunidad de aprender a transmitir ideas puntuales que invitaran a la reflexión, pero en un lenguaje sencillo. Las dificultades de conseguirlo se vieron desde el primer ejercicio y aún no terminan. Mi designación como ministro de Justicia y del Derecho me toma en medio de esa fase de aprendizaje y me obliga a suspender este ejercicio intelectual.

Pero la experiencia en la que decidí participar no se limitaba a modificar la estructura de los textos, labor que de por sí es ya enriquecedora. Escribir en un medio de comunicación es participar en discusiones colectivas sobre temas específicos del acontecer nacional. Eso implica exponer posiciones personales y abrir la puerta a una controversia en diversos niveles; uno proveniente de formadores de opinión, otro conformado por quienes debaten su contenido como parte de su interacción social y uno más representado por aquellos que en los medios electrónicos siguen y comentan periódicamente lo que allí se publica. Tampoco es ese el ámbito en el que los litigantes o los profesores acostumbran a ejercer sus labores; es cierto que allí también se debate permanentemente, pero los interlocutores suelen conformar un reducido número.

Sin embargo, hay algo en común en todas esas actividades y es la disparidad de criterios, base del desarrollo científico. La existencia de distintas concepciones sobre unos mismos acontecimientos no es sólo inevitable, sino necesaria para avanzar en la construcción del conocimiento, porque es a través del debate como se ponen de presente las ventajas y falencias de los diversos puntos de vista enfrentados. Lo importante es que quienes toman parte en esa confrontación intelectual tengan el propósito común de alcanzar una determinada meta, y que estén dispuestos a renunciar a sus posiciones personales en beneficio de esa finalidad. Las descalificaciones personales y el lenguaje agresivo no son, por obvias razones, útiles en un diálogo constructivo.

En esta última columna quiero agradecer a El Espectador la oportunidad que me dio de hacer públicas algunas opiniones sobre temas relacionados con la administración de justicia (ámbito al que intencionalmente limité mis escritos, dada mi formación profesional), y de interactuar con todos quienes desde distintos ámbitos se ocupan de los mismos asuntos. A quienes tuvieron la paciencia de leerme y a quienes adicionalmente se tomaron el trabajo de opinar críticamente sobre el contenido de mis columnas les estoy igualmente agradecido, porque de todos ellos aprendí.

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