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A defender libertades

27 de febrero de 2019 - 03:12 p. m.

Hay valores que debemos defender porque forman parte de los cimientos de la democracia: la libertad de expresión, la libertad de prensa, la libertad de cátedra, la libertad de culto, la libertad de pensamiento. Uno de los grandes avances de las sociedades democráticas es la capacidad para reconocer las diferencias y aceptarlas sobre la base del respeto a los otros. Es denominador común de los gobiernos que tienden a ser poco democráticos, o abiertamente autoritarios, cortar esos derechos e intentar establecer parámetros cerrados para todo aquello que debe ser libre por definición. Esto sin importar la orilla ideológica en la que estén.

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Es un peligro cuando se quiere imponer una sola manera de entender el mundo como si fuera la única existente. Parte del problema que hoy tenemos es justamente la imposibilidad de reconocer y respetar las diferencias, los matices. Aunque todos tenemos nuestras creencias porque estamos convencidos de que son las correctas, siempre es bueno dejar un espacio abierto a la duda y a la posibilidad de escuchar al que piensa distinto. Eso es la democracia. Por eso se disparan alertas cuando se habla de poner límites a la libertad de expresión en las redes sociales o a lo que puede o no puede decir un maestro en una clase. ¿Quién determina lo correcto y lo incorrecto en estas materias? Por supuesto que hay límites: no se puede incitar al delito ni tampoco calumniar (y aun allí hay debate abierto), pero intentar meter en el redil de las “buenas maneras y las buenas costumbres” a tuiteros y profesores nos pone en el laberinto de crear unos improbables manuales que no se van a cumplir y simplemente van a coartar la valiosa libertad para expresarse, opinar y enseñar.

¿Se desbordan las opiniones? Claro que sí. Las redes están llenas de insultos, agravios, mentiras, injurias y calumnias. Aun así, creo que siempre es mejor el exceso de libertad que el exceso de represión y la censura. ¿Se equivocan los maestros? Con seguridad muchos de ellos se han pasado, así como otros han abierto puertas maravillosas en las mentes de sus alumnos. Yo reconozco siempre el papel de dos maestros que tuve la fortuna de tener en el colegio y que me enseñaron a pensar, aunque no dictaban cátedra de filosofía. Fueron más allá y permitieron a sus alumnas, de un colegio de monjas, entender que el mundo tiene otras realidades más allá de la religión. ¡Cómo lo agradezco! No me imagino qué hubiera sido de mí si esos maestros no hubieran tenido la libertad de enseñar. Nos corresponde pelear como sociedad por tener más maestros formados, valorados y bien pagados que sean libres para enseñar. Y en las redes esforzarnos para encontrar caminos colectivos de educación de las audiencias que hoy no son pasivas porque son de doble vía.

Me inquieta también cuando se escuchan voces que critican la libertad editorial, otro valor sagrado de la democracia, porque hay quienes pretenden tener a la prensa alineada con sus fundamentalismos o no les sirve. Bienvenidas las opiniones buenas y malas sobre lo que hacemos los periodistas porque los errores son muchos y la libertad de criticar es sagrada. No obstante, por encima de que amemos u odiemos al mensajero que informa, no se puede pedir censura ni aceptar que los poderes atenten contra la prensa que alerta sobre nuestros demonios. Tan grave es que un dictador retenga a un periodista como que un poderoso busque frenar en los juzgados la opinión de un columnista.

Las libertades son un riesgo y una oportunidad. Cuando las cortamos solamente queda el peligro. Ideas que me rondan cuando pienso en Venezuela… cuando pienso en Colombia.

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