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Buenos y malos

17 de enero de 2019 - 12:00 a. m.

Creo que muchos problemas de las sociedades comienzan cuando alguien se siente dueño de la verdad absoluta y cree estar por encima de los demás con el derecho de pisotear y descalificar el pensamiento, el oficio, la raza, el género de los demás. Por eso mis alertas emocionales y racionales se disparan cuando alguien quiere dividir al mundo entre buenos y malos per se, como si no fuéramos todos seres humanos con aciertos y errores, tan frágiles como nuestra propia existencia. Pero el tema que propongo tiene matices. 

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Un tag que se ha movido en Twitter que proponía, cual Chapulín Colorado, que se siguieran entre “los buenos” me hizo pensar en los retos de esta democracia mediatizada que tanto ha ganado en participación y también, gran paradoja, en fragilidad. Me pregunté de inmediato ¿cómo se puede definir quiénes son los buenos? ¿Cuáles son los criterios para establecerlo? Tal vez es bueno quien no haya cometido delitos, quien cumple las normas o aquel que no pretende hacer daño a los otros. Bueno será el que no haya pecado si de religiones se trata. Pero, en ese caso, “que tire la primera piedra quien esté sin pecado”. Bueno el que no es corrupto, pero ¿y el que permite que otros lo sean? 

Leyendo los comentarios que surgían del tag noté que para muchos bueno es el que está más cerca de mi orilla ideológica y malo, el de la otra. Sin embargo, en muchos de los cientos de mensajes en la tendencia encontré también un interesante ejercicio de reflexión sobre el sentido mismo de las redes y la urgencia de encontrar respaldo para ideas y proyectos grandes o pequeños. Vi en muchos mensajes de quienes ganaban seguidores y se sumaban a las cuentas de otros la clara necesidad de pertenecer, de participar y de sumar voluntades para buscar algo mejor. Contrario a lo que pasa con frecuencia en el universo virtual, vi ganas de construir y no destruir. 

A mi juicio, las redes sociales son como una inmensa lupa de la sociedad que magnifica todo lo que ocurre en la realidad. La agresividad es demoledora; el ataque es en gavilla; la crítica, sin compasión y el linchamiento virtual, pan de cada día. Esa misma lupa muestra también aumentada la solidaridad, la capacidad de reacción, la acción de una sociedad vigilante que hoy reclama mayor presencia directa, por fortuna. 

Se requieren esos ojos encima de todos los poderes, el de la prensa incluido, para no dejar pasar lo que nos agrede colectivamente. Qué bueno sería que quienes tienen ese nuevo poder al alcance de su mano en su celular entiendan la responsabilidad que encara tenerlo, porque la gran debilidad de nuestra democracia radica hoy justamente en que esos ciudadanos empoderados, que opinan, juzgan y critican desde las redes, se convierten en una masa maleable y manipulable. Los algoritmos han descubierto nuestras tendencias y debilidades, nos reafirman las creencias, nos muestran aquello que disfrutamos, no nos abren horizontes, no dejan explorar lo diverso y, en materia política, permiten crear trampas que manipulan seguidores. Eso nos obliga a pensar más y a ser más críticos. 

El tag de “los buenos”, como muchos otros que circulan, crecen y mueren en las redes, es muestra de que también en esta nueva realidad hay un potencial interesante para descubrir a otros y reafirmar la democracia. Sospecho de quienes se autocalifican como buenos y meten a los demás en el saco de los malos porque creo que lo mejor es dudar siempre del pensamiento propio y de las cualidades que se tienen para poder estar abiertos al crecimiento. Sin embargo, en este caso, valoro ver que una sociedad busca caminos para construir más allá de sus líderes, que pocas veces están a la altura de los retos históricos. ¿Lo estarán los ciudadanos?

Posdata. Yo también soy pastusa a mucho honor. 

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