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De tragedia en tragedia

18 de mayo de 2015 - 09:00 p. m.

En Colombia a veces no hay tiempo de llorar a los muertos y antes de que una tragedia sepulte a la otra es bueno decir que no se puede olvidar.

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Al escribir esta columna es incierto el número de víctimas por el desbordamiento de una quebrada en Salgar, Antioquia, pero la tragedia crece y crece con cada minuto. La muerte sorprendió de madrugada como hace con frecuencia y se llevó a familias enteras con sus casas, sus muebles, sus sueños. El agua y el barro arrasaron con puentes y animales; varias veredas quedaron casi borradas del mapa y los relatos de los rescatistas daban cuenta de escenas de terror. Es como si la condena del país fuera pasar de una emergencia a otra sin tiempo para digerir cada desastre ni para honrar como se debe a las víctimas del anterior.  La semana pasada la tragedia era en una mina de Caldas y 15 los trabajadores atrapados por una inundación que se desató por un corte de energía. Y antes de que el desastre de Antioquia nos deje en el olvido a los mineros no sobra recordar que no son los únicos: el año pasado fueron 87 accidentes, 120 mineros muertos y no pasó nada. A veces parece como si la muerte de mineros se hubiera convertido en paisaje. Estas muertes ni siquiera son motivo de gran debate en un país en donde TODO es motivo de gran debate.  De la minería ilegal e informal sí se habla mucho y se discute, se dice que es la fuente inagotable de dinero de las nuevas mafias, el negocio de la guerrilla y las bacrim; pero de los mineros enterrados se habla poco; no los vemos, es como si fueran transparentes, como si fueran de otro lado, como si no fueran de los nuestros. Pareciera como si trabajar en una mina fuera de entrada una condena y su trágico  final apenas un lógico desenlace. Estas tragedias poco se analizan, poco se estudian y ocupan apenas un par de días de titulares hasta que la siguiente emergencia nos hace mirar para otro lado. Y ya sabemos que no hay peor muerte que el olvido.  El caso de la mina de Riosucio repitió lo ocurrido en otras minas, con otros muertos y otros dolores: una sumatoria de irregularidades que presagiaban tragedia. En este caso fue la conexión ilegal al servicio de energía y una mina operando con apenas un papel que dice que tiene licencia en trámite. Así lo permite la ley y así tenemos cientos y cientos de minas funcionando durante años con su “licencia en trámite”, es decir, sin licencia. Los mineros, por supuesto, sin contrato, sin prestaciones, trabajando a destajo, aunque se dice que en Colombia existen leyes que consagran derechos laborales para todos. Uno de los socios de la mina dijo que si bien ellos no estaban pagando la energía, estaban en “proceso de legalización” y se excusó en que no eran los únicos pues de la misma manera trabajan 50 minas en la zona. ¡50! La noticia de Caldas se cubrió, se reportó y a estas alturas la página va pasando ante una tragedia mayor que nos golpea y comienza a ser una simple estadística para la historia. ¿En qué región de Colombia se estará incubando la próxima tragedia minera?  Por eso, en medio del dolor por la emergencia que apenas se atiende en Salgar, el llamado es para que no olvidemos la trampa mortal que es cada mina ilegal para cientos de hombres que se aventuran a ganarse la vida sin las condiciones mínimas de seguridad.  Ya tendremos el tiempo para ver y entender qué pasó en Antioquia. ¿Por qué se represó la quebrada? ¿Por qué sorprendió sin aviso previo? ¿Sería —como tantas— una tragedia anunciada? O es la simple revancha de la naturaleza que con frecuencia reclama lo suyo y nos recuerda nuestra fragilidad de seres humanos.  

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