¿SERÁ QUE TODO ES SUSCEPTIBLE DE convertirse en mercancía y la vida se resume en comprar y vender? ¿Es el mercado la nueva religión?
Me asaltaron estas preguntas leyendo la muy acertada columna de la escritora Piedad Bonnett en este mismo periódico en la que llamaba la atención sobre un comercial que usaba como tema el suicidio para vender una marca. En ella decía que estamos en “un mundo que no parece poder sustraerse a la idea de que todo es posible mercancía”.
Pienso tristemente que es así y que cada nuevo territorio que gana el mercado lo pierde el ser humano. Recordé leyendo esa columna otro texto excelente del profesor Michael J. Sandel en la revista Prospect que nos llegó a Colombia gracias a El Malpensante: “hoy en día solemos confundir la lógica del mercado con la lógica de la moral. Asumimos que la eficacia económica define el bien común. Pero se trata de un error”.
Cuando la lógica de “todo se vende, todo se compra y todo tiene precio” se tomó el mundo, algo perdimos de nuestra condición humana. Las transacciones económicas cruzaron todas las líneas y ningún experto dice cómo salir de este laberinto. El profesor Sandel en su artículo da como ejemplo la venta de un riñón: “Si un comprador y un vendedor logran acordar el precio de un riñón, se supone que ambos saldrán beneficiados del negocio”. Hace luego una gran reflexión que nos lleva a preguntarnos si basta con que el mercado lo permita para que sea bueno.
Se me ocurre otro “negocio” de nuestros días: se vende la virginidad de una niña de 11 años en transacción pactada por su propia hermana con frialdad. Lógica de mercado: hombres sedientos de sexo inocente, abusadores que buscan en los proxenetas el producto para satisfacer sus placeres y el mercado lo ofrece. Si hay demanda, hay oferta y las leyes del mercado —sea éste legal o ilegal— todo lo regulan, hasta la agresión a la inocencia.
La lógica del mercado es vender, a como dé lugar, a cualquier costo siempre que deje ganancia. El primer reto de toda empresa grande o pequeña es crecer. (Alguna vez pregunté hasta dónde se debe crecer o cuál es la meta y no obtuve respuesta, sólo miradas de conmiseración). Como el reto es crecer, hay que vender más; como hay que vender más, hay que ofrecer más, conquistar nuevos nichos y nacen así millones de productos que no necesitamos y que inundan los centros comerciales, los templos de la nueva religión.
Todos quieren vender y crecer. Es el primer (¿único?) mandamiento de esta fe. Para lograrlo se consultan las necesidades del mercado que se considera sabio, todopoderoso y absoluto. No hay que producir lo mejor, hay que producir lo que se vende sin importar su calidad ni las consecuencias. Los libros más vendidos no son los mejores sino los que tienen títulos más sonoros y vendedores aunque sus contenidos sean pobres. En la música se “crean” artistas por demanda y en el periodismo, como lo planteó el maestro Kapuscinski, se dejó de buscar la verdad para buscar lo que se vende. Incluso hablando de comida, hasta se sacrifica la salud porque ya no importa si es sano lo que comemos sino que los productos se vendan. Y cuando los granos se convirtieron en commodities, se comenzó a especular a costa del hambre de la gente.
Todo lo que toca el mercado se contamina, se banaliza. El mercado pide frivolidad, se le da; pide sexo, se le da; pide sangre, se le da. Y como se busca vender más, lo que se vende no puede durar porque se necesita que el consumidor compre más y nace ahí la obsolescencia programada que nos inunda de desechos peligrosos con los que estamos destruyendo el planeta.
No. Las leyes del mercado no son las leyes de la moral. ¿Será que recuperaremos algún día nuestra condición de seres humanos para dejar de ser simple mercancía que consume?