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El referendo que nos agrede a muchos

14 de septiembre de 2016 - 09:00 p. m.

Voy a romper un principio que considero sagrado sobre mi vida privada, pero debo ser clara y decir que hoy opino en causa propia cuando digo que el referendo que pretende prohibir la adopción por parte de parejas del mismo sexo y de padres solteros nos agrede a muchos colombianos.

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Es una agresión contra quienes hemos tenido familias distintas, pero que consideramos buenas familias.

Antes de escribir esta columna le pregunté a mi hija si ha tenido una buena vida y una buena familia. Ella me dijo que sí. Quise tener esa confirmación porque fui en un momento una madre soltera, luego estuve casada y mi hija tuvo un padre adoptivo maravilloso y después me divorcié. Una historia como la de miles. Me detengo en los primeros años de infancia de mi hija porque no hubo padre en esa etapa de su vida, y aun así ella la recuerda como una época feliz. No hubo padre, pero sí madre, abuela, tíos, primos que la llenamos de amor.

Me siento agredida porque creo que le he dado a mi hija una buena vida y, a pesar de eso, el referendo que se tramita en el Congreso me dice que, por ser madre soltera, la familia que tuve con mi hija antes de casarme es una familia de menor nivel, una familia que no es “óptima”.

En Colombia, en la vida real, las familias no responden todas a ese patrón que nos quieren imponer. Las familias son diversas. Unas mejores, otras peores, unas buenas para los niños, otras no tanto, y eso no depende de la orientación sexual o el estado civil de los padres. Para la muestra, dos amigos.

Lucía Madriñán, periodista, madre soltera que decidió adoptar. Su hija, Valentina, tiene hoy 12 años y es feliz en ese hogar que le dio una nueva oportunidad. Si hoy se le pregunta a la niña, para ella no hay hogar mejor que el que tiene. A Lucía, según el referendo, no la podrían considerar para un caso de adopción y se perdería la posibilidad de un buen hogar para una niña que lo estaba buscando.

Otro caso. Una de las personas más cercanas que he tenido en la vida tiene una historia que tristemente se repite con frecuencia: tuvo padre y madre casados, en el modelo “óptimo” de familia. El padre era agresivo, maltratador, de los que infunden terror. Un día, después de años de maltrato, mató a su esposa, con todo lo que eso puede significar para los niños que había en esa familia y para todo el entorno que quedó devastado. Han pasado muchos años y las secuelas de esa agresión siguen ahí. Tal vez este amigo hubiera preferido crecer en un hogar de una madre soltera y no perderla a los 12 años. Pero esa era una familia “óptima”. A esa pareja le habrían dado niños en adopción, según el referendo, porque eran heterosexuales.

Por supuesto, conozco hogares maravillosos de parejas heterosexuales, tengo un sobrino que fue adoptado en uno de ellos. Pero también conozco muchos divorciados, solteros, homosexuales que son o serían excelentes padres. Personas buenas que han cimentado hogares buenos o lo pueden hacer en el futuro.

Las familias son diversas, no hay un modelo perfecto. Buscarlo o pretender establecerlo por ley o por el peso de las mayorías es un acto que discrimina. Llama la atención que la idea venga de quienes se inspiran en una religión que tiene como mandamiento fundamental el amor, porque la familia ideal es precisamente la que garantiza a los niños amor, seguridad y buenas condiciones para crecer. La familia perfecta para un niño es la que le permite ser feliz, y eso no lo garantizan un “modelo óptimo”, ni un papel, ni un referendo, ni tener un pene y una vagina en la misma casa.

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El Estado debe garantizar a los niños que se quedaron solos un buen hogar, sea heterosexual, homosexual, uniparental o de cualquier manera, pero un hogar que les dé ese entorno sano y amoroso. Evaluar muy bien cada caso sin prejuicios puede llevar a mejores decisiones. Como madre soltera que fui, digo que hay muchas formas de tener una buena familia.

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