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La fuerza de un ser humano, la fuerza del amor

30 de marzo de 2016 - 09:12 p. m.

Cuando sentimos por momentos que perdemos la fe en la especie humana, cuando sentimos que el odio y la violencia se van tomado todos los escenarios, nos viene bien recordar que hay hombres buenos que pueden cambiar vidas, hombres que deciden no aceptar los horrores como condena y se atreven a desafiar al destino.

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Conocí a uno de esos seres humanos buenos cuando yo apenas tenía unos 14 años. Lo recuerdo con sus gafas gruesas de miope que hacían ver sus ojos gigantes, con su cachucha, su ropa informal y siempre rodeado de niños y muchachos que se convirtieron en sus hijos. Por donde quiera que él se moviera, ahí estaban ellos que le profesaban un afecto muy parecido a la idolatría. Y no era para menos.

El padre Javier de Nicoló devolvió la vida a miles de niños a quienes la sociedad ya había condenado. Estaban en la calle, sin familia, sin afecto, sin futuro; eran presas de todo tipo de vicios y delitos, generaban miedo, muchos los tildarían de “desechables”, pero él los veía de otra manera: Eran niños, eran jóvenes que sólo necesitaban amor y una oportunidad.

Eso fue lo que encontraron con este sacerdote italiano que llegó a Colombia para quedarse. Su estrategia era tan sencilla y humana pero tan eficaz que no se entiende por qué no la replicamos más. La fórmula era creer en esos muchachos, verlos como seres humanos con derechos y darles amor y dignidad. No era caridad, era dignidad, la que merecemos todos.

De la suciedad extrema que vivieron en las calles pasaron a los concursos de guante blanco en los cuales competían por quién podía mostrar los mejores resultados de limpieza. De la carencia de comida a la abundancia, del rechazo social pasaron al escenario para mostrar virtuosismo en la música y en el teatro. Y fue precisamente por la vía del teatro como llegué a conocer a los muchachos del padre Javier de Nicoló, muchos de los cuales se convirtieron en mis grandes amigos de adolescencia. Con ellos conocí el drama de la miseria y la exclusión, pero también el afecto sincero y el coraje para enfrentar lo peor y sobreponerse a todo por la fuerza del amor. Entendí entonces que el mundo iba más allá de la burbuja de clase media en la que vivía.

La casa de Bosconia, primer paso de llegada para los muchachos de la calle, fue ubicada, como es obvio, en una de las ollas en el centro de Bogotá. Llegar a ella con mi uniforme de colegio era cruzar el umbral de lo posible y descubrir que existía un universo oscuro en mi ciudad y que entonces no conocía. Eso fue todo un acontecimiento para mí. Primero fue el miedo, debo decirlo, pero después fue descubrir lo diferente, mirar a otros que tenían historias distintas a la mía y aprender a ver en ellos a amigos que me abrían las puertas a posibilidades infinitas. Gracias a esos muchachos, que habían conocido la dureza de la calle, el mundo se me hizo más amplio, más real, más humano.

Llevo varios días hurgando en mi memoria para rescatar cada recuerdo que atesoro de esa época, de ese sacerdote de ojos grandes que conocí en un buen momento. Apenas ahora, como pasa cuando se nos asoma la muerte, noto la magnitud del impacto que tuvo en mi vida haberlo conocido a él y a algunos de esos hijos que le sobreviven hoy agradecidos.

El padre Javier de Nicoló, a quien despedimos hace apenas unos días, es la prueba de que un ser humano puede hacer mucho y de que no debemos esperar que otros hagan y mejoren lo que cada uno puede cambiar si se lo propone. El impacto de su vida se sintió en ese sepelio multitudinario al que acudieron miles de hombres y mujeres ya adultos que encontraron en él esa oportunidad y ese amor que estaban necesitando cuando eran niños. El padre Javier cambió miles de vidas, también la mía.

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