De él sabemos mucho, de ellas poco, casi nada.
Suele pasar porque los victimarios, los grandes criminales, se convierten en “LA” historia, se salvan del olvido que, por lo general, cubre a muchas de sus víctimas. Pero él y ellas en el fondo son caras de una misma moneda: la de una deshumanización creciente que a veces nos lleva a extremos como esta historia de sangre en los alrededores de Monserrate que nos golpea a pesar de que todos los días somos testigos de tanta muerte.
De él sabemos que se llama Fredy Valencia y que no le gusta que le digan “monstruo” ni asesino en serie. De ellas sabemos que hasta ahora son 11, pero que pueden ser más y al momento de escribir estas líneas solo una ha sido identificada: María del Pilar Rincón Muñoz. Pienso en ella y juego a imaginar su vida, pero no logro entrar en el misterio. Es una más en la serie del asesino, pero no dejo de pensar que también fue la hija de alguien, fue niña, fue adolescente, debió tener miedo alguna vez, se hizo mujer; habrá tenido momentos de risas, de lágrimas, hizo planes, fue al colegio, sufrió de insomnio, amó a alguien… ¿fue feliz?
Pero hoy María del Pilar es una más en esa lista de las mujeres de Monserrate. Mujeres olvidadas, mujeres que no fueron extrañadas al momento de su muerte, mujeres habitantes de la calle, mujeres sin rostro, mujeres viviendo en ese límite peligroso en donde comienzan las sombras y se va acabando la vida. Mujeres que, de alguna manera, comenzaron a existir después de muertas porque ya habían sido condenadas de antemano antes de que el asesino les diera la estocada final.
De Fredy Valencia sabemos que alcanzó a cursar unos semestres de universidad, que su padre dijo que su perdición fueron las drogas, que de niño se burlaban de él. De ellas todo está oculto. De él hemos escuchado su voz, sus argumentos para pretender explicar la matanza; de ellas solo queda el silencio. Ya no sabremos cómo sonaban sus voces, cuáles eran sus sueños, cuál la historia de vida de cada una, cuál el camino que recorrieron hasta terminar enterradas en el cerro convertidas en parte de la lista de un asesino en serie.
Con él y con ellas la deshumanización nos lleva al borde de la existencia. Ellas porque forman parte de ese ejército de hombres y mujeres invisibles que habitan en la escala más baja de nuestra pirámide. Allí están esos a los que no miramos a los ojos, a los que tememos, a los que preferimos evadir porque su sola existencia es evidencia de los grandes problemas que tiene una sociedad que se ha organizado en torno al tener y no al ser.
En el otro extremo, el asesino a quien alguien decide llamar “monstruo” porque el nombre vende para la historia mediática, pero también porque de alguna manera hay que marcarlo distinto, intentar verlo de otra manera, como alguien que no tiene la condición de humano. No es fácil entender que el asesino puede ser como yo, que es tan ser humano como todos y por eso inquieta. Hay que verlo distinto: es un monstruo, una bestia. Pero no importa cómo lo nombremos, ese monstruo sigue siendo humano, hijo de esa misma sociedad que ha parido a los héroes y a los santos.
Pero por hoy prefiero pensar en ellas, en las mujeres de Monserrate. Ojalá podamos saber sus nombres, tener un trozo de su historia, rescatarlas del olvido, devolverles un trozo de la dignidad robada, darles algo más que un renglón esa lista macabra que les dio vida después de la muerte.