¿Cuál es la dosis justa de memoria y cuál la del olvido necesario para avanzar hacia el futuro?
Se me ocurre la pregunta porque llevamos semanas caminando por un túnel del tiempo, con la mirada puesta en fantasmas de un pasado que nos duele. El asesinato de Alvaro Gómez, el holocausto del Palacio de Justicia, la tragedia de Armero.
Releí por estos días el polémico libro del reportero David Rieff, Contra la memoria, y me pareció un buen alimento intelectual para contrarrestar la sobredosis de recuerdos que se nos vinieron encima, agitando dolores, moviendo aquello que creíamos enterrado (mal enterrado, con seguridad). Dice Rieff que la memoria histórica colectiva “ha conducido con demasiada frecuencia a la guerra más que a la paz, al rencor más que a la reconciliación y a la resolución de vengarse en lugar de obligarse a la ardua labor del perdón”.
Y no es para afirmar que se debe cubrir todo con el manto del olvido. Las verdades se terminan conociendo así sea a pedazos y las víctimas salen como zombis de sus tumbas para reclamar justicia. Pero sí es bueno reflexionar hasta dónde se deben mantener abiertos los capítulos y cuándo podemos y debemos avanzar.
Desde hace mucho tiempo mantener y alimentar la memoria colectiva sobre las tragedias se ha entendido en el mundo como una obligación moral, como una deuda con las víctimas y una fórmula para evitar la repetición de los desastres. Pero ¿cuándo se debe pasar la página? ¿Cómo se sanan los dolores? ¿Se vale recordar pero también olvidar y perdonar?
Repasando el libro de Rieff me preguntaba cuántas de nuestras guerras se han alimentado del pasado, de otras guerras, de otros horrores que se quedaron vivos y presentes y se alimentaron hasta alcanzar generaciones que ni siquiera los vivieron.
Alguna vez la madre de un desaparecido me dijo que ya no sabía cómo salir de su dolor y que una imagen de su nieto le cuestionó el par de décadas que llevaba en su batalla. El niño de siete años en una misa de conmemoración se mostraba acongojado por un tío desaparecido que nunca había conocido. Entendió ella en un instante que el de su nieto era un dolor heredado y ya no sabía si era justo alimentarle a ese niño la tristeza por una ausencia que le era ajena. Pero no era para ella fácil el dilema pues se trataba de decidir entre avanzar en la vida sin saber qué había pasado con su hijo (¡imposible!) o seguir alimentando la búsqueda y transmitir así a la siguiente generación el dolor de la infamia (triste futuro).
No podemos dejar en el olvido a las víctimas, es cierto; a ellas les debemos el derecho efímero de existir un poco más en el tiempo porque al final el olvido es la muerte verdadera. Hay que recordar las tragedias para evitar que vuelvan, pero recordar sin hacernos daño de nuevo, sin avivar los odios, sin buscar venganzas. Recordar a las víctimas es una urgencia, pero darles una esperanza a los que vienen es una obligación y para que exista esa posibilidad de futuro hay que encontrar justicia y también una dosis de olvido y de perdón.
Tal vez, como sociedad, nos pasa como a la madre del desaparecido que se debatía entre la obligación con su hijo y el futuro de su nieto. Encontrar el punto medio para recordar y avanzar con esperanza puede ser la imposible respuesta.
Rieff cierra el libro con un par de citas de la poeta polaca Wislawa Szymborska. Recomiendo los poemas completos, pero una de las citas señala: “La realidad exige/que también se diga:/la vida sigue./Sigue en Cannas y en Borodino/y en Kosovo Pole y en Guernika”.
A pesar de todos nosotros y de las mil batallas de cada día, seguirá la vida en Colombia después de nuestras guerras. ¿Lograremos perdonar y avanzar para que ese destino se alcance más temprano?