Una de las premisas sobre las que basamos nuestra existencia colectiva como sociedad es la confianza que nos debemos tener unos a otros. Si no confiamos es muy difícil sobrevivir. En este momento, en la raíz de buena parte de nuestros problemas está la falta de confianza. No hay confianza suficiente en las instituciones, en los partidos políticos, en la prensa, en la justicia, en el Estado en general. Las razones no faltan. El problema es que si no hay confianza no hay diálogo, se dificulta la interacción y los problemas tienden a crecer. La falta de confianza se siente en la nueva crisis de violencia en el Cauca y en la búsqueda de soluciones. Parece un diálogo de sordos en el que no se avanza porque las partes se miran con recelo.
Es tan importante la confianza que los economistas tienen varios indicadores que permiten medir si hay o no buen ambiente para los negocios basados en la confianza de inversionistas y consumidores. Si hay confianza, mejora la economía. Si hay temor, cada quien tira para su lado y nadie se anima a invertir ni a comprar. Eso mismo pasa en los asuntos sociales y de seguridad. Si no hay confianza, todo puede colapsar.
Los problemas del Cauca, como los de la mayoría de regiones olvidadas, vienen de muchos años atrás y no logran resolverse, entre muchas otras razones históricas, porque una y otra vez la confianza ha sido traicionada. El motivo de las suspicacias no es gratuito. Hay pactos incumplidos, mucha muerte, mucha violencia, hay politiquería y delincuencia que se cuela por todas partes. Hay funcionarios y miembros de la fuerza pública acusados de aliarse con los violentos o de permitir que actúen mientras miran para otro lado. Hay también algunos miembros de las comunidades indígenas señalados de colaborar con las economías ilegales. Eso de ninguna manera nos permite afirmar que todos son delincuentes. Ni las comunidades indígenas son narcotraficantes, como han insinuado algunos, ni la fuerza pública en su conjunto es cómplice de los asesinos. Hay individuos que han cometido pecados y delitos, pero generalizar mina la confianza y así perdemos todos.
Si el Estado se compromete a cumplir un pacto debe hacerlo, pero ha sucedido en reiteradas oportunidades que, por salir de una protesta o desbloquear una vía, se promete lo que luego no se cumple. La pobreza, la exclusión y la violencia han venido incubando esa desconfianza que se hace evidente cuando se busca salir de una encrucijada fatal: las comunidades indígenas ponen los muertos en una lucha desigual contra grupos ilegales que llenan de cultivos ilícitos la región. Es obvio que no es suficiente una guardia desarmada para enfrentarlos, pero el miedo más que justificado a las armas y la desconfianza no permiten encontrar salidas efectivas que dejen satisfechos a todos.
La necesidad de confianza va de lo micro a lo macro. Debemos confiar en el médico a quien le entregamos muchas veces la vida. Confiar en la persona que cuida a los niños, en el vecino, en el colega, en el amigo, en la pareja. Confiar en quien nos sirve la comida, en el maestro, en el líder social. Y debemos confiar en las instituciones que nos hemos inventado para tramitar nuestras relaciones y problemas. Tal vez en un conflicto social de tan vieja data como el del Cauca se necesite una voz intermedia que genere confianza en todos los sectores para que ayude a encontrar salidas. Tal vez la Iglesia, un miembro de la comunidad internacional, la Defensoría del Pueblo o alguien más logre recuperar la confianza minada de lado y lado para buscar salidas colectivas. O tal vez estas son de nuevo palabras al viento como tantas que he leído y escuchado estos días sobre el mismo problema. Tal vez el Cauca nos quedó grande a todos y estamos destinados a seguir siendo víctimas o testigos de esa violencia que viene y va sin parar.