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Un campesino como tantos

08 de junio de 2016 - 03:13 p. m.

Jimmy tiene 15 años, vive en una vereda de Cundinamarca, ya no estudia porque debe trabajar y tiene hoy una única preocupación: que suba el precio de la habichuela.

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Como lo ha hecho desde siempre, ya lleva varios meses levantándose con el sol para trabajar con su familia en una pequeña parcela que sembraron de habichuela porque eso fue lo que decidieron casi todos los vecinos, impulsados por la buena racha de la última cosecha.

Enfrentaron primero los estragos de la falta de agua y el fenómeno de El Niño, vieron las quebradas secas como nunca antes y muchos animales murieron de sed. Por cuenta de la sequía, vivieron incluso las batallas entre vecinos por las mangueras que traían el poco líquido; se enfrentaron entre ellos y tuvieron que demorar la siembra mientras esperaban que el cielo se apiadara y soltara un par de aguaceros para aflojar la tierra. Luego les tocó buscar las semillas, abonar y también conseguir lo del “veneno”, porque la habichuela necesita varias fumigadas.

Los escasos conocimientos matemáticos que logró al haber llegado hasta sexto grado en la escuela, le permiten a Jimmy hacer cuentas y concluir que si no les pagan la carga de habichuela por encima de $80.000 por lo menos, no van a cubrir los costos de lo sembrado.

En el primer viaje que hacen a Corabastos en una madrugada helada, la noticia no es buena: hay abundancia de habichuela y les ofrecen pagar la carga a $50.000. Esa plata no alcanza, pero la alternativa es perderlo todo, de modo que aceptan la escasa oferta y regresan en silencio desandando el camino por el que subieron un par de horas antes con esperanza. Quedan algunas cosechas más y por eso la ilusión se mantiene en que el precio mejore para no perder meses de trabajo.

Jimmy llega a su vereda cansado, sin haber dormido ese día y aun así busca un jornal de trabajo en una finca vecina. Necesita ganar algo para compensar. No hay tiempo de descanso y por eso cuando no trabaja en la parcela familiar se rebusca horas de trabajo. A pesar de su juventud tiene la experiencia que le dan años de trabajo en el campo.

Una semana después, la segunda cosecha y una nueva apuesta. Al regreso su rostro lo dice todo: el precio mejoró y lograron vender a $100.000 la carga. ¡Hay ganancia! Y se da el lujo de celebrar gastando algo en un juego de maquinitas que hay en Corabastos, en el que pierde $10.000 de lo obtenido.

Quedan un par de cosechas más y en cada una volverá el albur del precio, del mercado, de la oferta y la demanda. Como alternativa deciden ahora sembrar plátano en un rincón de la parcela, con la idea de que en un año puedan recaudar $10.000 por cada racimo. También dependerán entonces de lo que ofrezcan, de si hay mucho o poco plátano en el mercado, de si la cosecha se da bien.

En su mente, Jimmy hace sumas y restas, intenta ahorrar unos pesos, pero las cuentas no le dan para llegar un día a sus dos metas soñadas: comprar un celular y una moto.

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Jimmy no protestó en el paro agrario, no sabe de debates políticos, ni se ha enterado de las conversaciones que tiene el Gobierno con otros campesinos como él. Para Jimmy la realidad es sencilla: trabajar para ganar algo y rogar para que llueva lo justo, que el precio mejore y puedan comprar los insumos para volver a sembrar. El futuro de Jimmy es incierto, como su presente. Mientras espera la próxima cosecha mira al cielo, lo ve oscuro y cubierto, pero le dice al vecino: hoy no llueve, es pura amenaza, y machete en mano retoma la labor.

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