El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Cómo hemos cambiado

26 de marzo de 2009 - 11:00 p. m.

MUCHO HA CAMBIADO EL PAÍS. ASÍ encabezan tantas conversaciones que desembocan en seguridad (y omiten la palabra democrática por ser innecesaria). No tarda el recuento de los miedos que padecimos por obra de los tres ejércitos levantados en armas: guerrilleros, narcotraficantes y paramilitares…

PUBLICIDAD

Pero otro repaso de cuánto ha cambiado Colombia puede hacerse con motivo de los panfletos que amenazan con acabar la vida de quienes no están temprano en su casa (como en una dictadura militar) y a los que el Presidente recomienda rompérselos en la cara a sus autores “porque no nos van a amedrentar”. El tono de intransigencia —el de los panfletos, digo— tiene un leve parecido con la intención con que se echa abajo la dosis personal por considerarla doble moral al combatir el narcotráfico y permitir lo que ahora se considera delito.

Concebir un tribunal para clasificar a quien sea arrestado en estado de estupefacción, que defina su destino, es la interferencia de un Estado con atribuciones de restringir la libertad por sospechas personales cada vez más ambiguas. Ni qué mencionar todas las drogas sociales que se excluyen en esta intromisión que pretende el Estado a la libertad personal, espacio que es apenas normal en una sociedad donde aún no esté prohibido el suicidio, el sexo, la discrepancia, la reunión, la protesta, la expresión de la personalidad en la apariencia, en las afiliaciones o las aversiones, en el modo de habitar o de educar los hijos. Donde todavía no esté reglamentado todo con el autoritarismo de cuño regresivo que ha ido predominando.

Porque al lado del país del terror del que hay que acordarse, y del nuevo terror que hay que descubrir en sus modalidades de ejecuciones extrajudiciales, Colombia fue capaz de concebir un libre desarrollo de la personalidad en el que podían escogerse modos de ser que no tenían un patrón único basado en la sanción. En ese tiempo hubo un alcalde como Antanas Mockus que creyó que los ciudadanos podían tener autodeterminación de construirse y formarse, que la educación era un asunto diario. Carlos Gaviria y otros deliberantes hablaron de esto, de eutanasia y de asuntos que revelaron escogencias distintas para la vida propia a la luz de espacios menos restrictivos que los religiosos. Y antes de ellos un mandato nacido en la universidad hizo que las fuerzas políticas que se oponían en Colombia se reunieran para volver a dar un orden constituyente. Todos estos signos se dieron en medio de la oscuridad que imponía la violencia al cerrar el horizonte, pero que dejaba entrever un país que quería hacerse según su autodeterminación propia. Fue reciente el que la autoridad se impuso como método único al que hemos debido declinar todos los ímpetus para someternos a la infantilización requerida.

Y el riesgo de error crece en la medida en que esa autoridad se cree infalible y muestra signos de fatiga del metal (como en aviones con mucho uso) y enrarecimiento del ambiente (encabinamiento) de personas han permanecido encerradas demasiado rato sin salir a despejarse. Se da a luz engendros como el tribunal de comportamiento, que juzgará a los descorregidos o su alteridad, la de los panfletos amenazantes. Cómo hemos cambiado.

Conoce más
Ver todas las noticias