El gobierno de Bush precipitó la crisis económica e hizo del mundo un lugar menos propicio para el diálogo.
Eso nada más hace de su gobierno algo funesto para el mundo. En su mandato Estados Unidos –que ya era gendarme- se convirtió en un rambo. De su neutralidad liberal –buena o mala- pasó a la imposición arbitraria de su sistema político. De la defensa de sus intereses pasó al desconocimiento de los intereses de los demás. Sacrificó la verdad en el altar de la guerra y le apostó a la fuerza por encima del derecho.
Casi nada resultó bien para los Estados Unidos durante el régimen de Bush. Pero además, casi todo resultó mal para Bush. Es simple: carece de visión y de talento. Tengo bien averiguadas las muchas responsabilidades históricas norteamericanas en el deterioro de la paz y de la autonomía de los pueblos pero, superada la guerra fría, el mundo necesitaba revisar comportamientos y definir políticas aptas para la convivencia.
Esa es la gran responsabilidad histórica de Bush. Apeló a soluciones bélicas cuando la humanidad se acercaba –tal vez como nunca antes- hacia un horizonte de civilizada coexistencia entre sus diversas culturas. Bush se parece más a Truman, el autor del bombardeo atómico sobre Japón; que a Kennedy, el autor de una filigrana que –también con el protagonismo de Kruschev- evitó una tercera guerra universal.
La diferencia entre los grandes hombres –con sus virtudes y defectos- y los hombres menores –con sus defectos y virtudes- es que aquellos saben relacionar sus compromisos con el respeto por los derechos ajenos. En otras palabras, saben que hay que compartir el mundo con los que están al lado o al frente, más allá o más acá y que éstos también tienen unos derechos que merecen su consideración y la de los demás.
Hacen falta hoy personajes como Roosevelt o De Gaulle, Churchill o Kruschev. En Estados Unidos ya ni siquiera hay un Richard Nixon quien, a pesar del escándalo Watergate, mostró visión de Estado. En Europa faltan un François Mitterrand vivo o un Felipe González activo, cuyas figuras sobresalen aún más por cuenta de las limitaciones de sus sucesores. En semejante escenario la responsabilidad del presidente Obama es, en extremo, ponderosa.
Obama recuerda más a Roosevelt que a Clinton. Y mucho más a los Estados Unidos de la estatua de la libertad que al de la guerra del Vietnam, o al del sueño americano que al de “I took Panamá”. Su mensaje de unidad rememora los días en que, con el colapso del socialismo real, colapsaron los ideologismos del siglo XX que se habían encargado de dividir el mundo entre buenos y malos, de dibujar la realidad en blanco y negro, de olvidar la inmensa gama de grises en que se expresan las sociedades plurales.
Allí hay un espacio que nuestra América puede hallar esperanzador. No porque los gringos vayan a desdecir de su dinámica de gran potencia, sino porque –por primera vez en la historia- su jefe de Estado, proveniente de una minoría discriminada, es consciente de la importancia del diálogo multilateral. Incluso sabe que se defienden mejor los propios intereses con el respeto de los amigos que con el temor de los aliados. Y mucho mejor con la negociación utilizando el derecho, que con la amenaza utilizando de la fuerza.
El tono de Obama es distinto. No habla de “ejes del mal”, se compromete con el desmonte de Guantánamo, inicia contactos con Siria. No está mirando mucho hacia el sur del hemisferio pero, en medio de esta coyuntura, nuestra América puede encontrar un escenario para sí misma. Probablemente el talento de las personas sea cuestión de suerte, pero la suerte de los pueblos es cuestión del talento de sus dirigentes.
Ex senador, profesor universitario.