Hubo una época en la que la muerte de un magistrado de la Corte Suprema no habría colocado a Estados Unidos al borde de una crisis constitucional.
Sin embargo, ese era un país diferente, con un Partido Republicano muy diferente. En el Estados Unidos de hoy, con el Partido Republicano de hoy, el fallecimiento de Antonin Scalia abrió las puertas del caos.
En principio, perder a un magistrado debería causar, cuando mucho, una perturbación ligera en la escena nacional. Después de todo, se supone que la Corte debe estar por encima de la política. Así es que, cuando se presenta una vacante, el presidente, simplemente, debería nominar, y el Senado aprobar, a alguien altamente calificado y respetado por todos.
En realidad, claro, las cosas nunca fueron así de puras. Los magistrados siempre han tenido inclinaciones políticas conocidas, y el proceso de nominación y aprobación ha sido, a menudo, polémico. No obstante, no había nada como la situación que enfrentamos ahora, en la que los republicanos han declarado en forma más o menos unánime que el presidente Barack Obama no tiene ningún derecho a nominar al remplazo de Scalia. Y no, el hecho de que Obama se vaya pronto no hace que esté bien. (Se nombró al magistrado Anthony Kennedy en el último año de Ronald Reagan en el cargo).
Ni tampoco las consecuencias de una vacante en la Corte fueron tan alarmantes en el pasado como lo son ahora. Como todos señalan, sin Scalia, los magistrados están divididos en forma equitativa entre los nombrados por republicanos y los nombrados por demócratas, lo cual es probable que signifique una Corte sin mayoría en muchos temas.
Y no hay forma de saber cuánto podrá durar la situación. Si un demócrata gana la Casa Blanca, pero el Partido Republicano conserva el Senado, ¿cuándo los republicanos estarían dispuestos a confirmar al que nombre un nuevo presidente?
¿Cómo nos metimos en este enredo?
En un nivel, la repuesta es una división partidista en constante aumento. La polarización se ha incrementado en forma medible en todos los aspectos de la política estadounidense, desde la votación parlamentaria hasta la opinión pública, con un incremento especialmente dramático en “el partidismo negativo”, en la desconfianza y el desdén por el otro lado. Y la Corte Suprema no es distinta. Apenas hace muy poco, en los 70, la Corte tuvo varios integrantes “cambiantes”, cuyos votos no siempre eran predecibles desde las posiciones partidistas, pero ese centro ahora solo consiste de Kennedy, y no todo del tiempo.
Sin embargo, simplemente señalar el aumento en el partidismo como la fuente de nuestra crisis, aunque no está exactamente equivocado, puede ser profundamente engañoso. Primero, censurar al partidismo puede hacerlo aparecer como si solo estuviéramos hablando de mala educación, cuando en realidad estamos viendo diferencias enormes en la sustancia. Segundo, es realmente importante no comprometerse con una falsa simetría: solo uno de nuestros partidos políticos importantes se ha ido al extremo.
En cuanto a la división sustantiva entre los partidos, todavía encuentro a personas en la izquierda (aunque nunca en la derecha) que dicen que no existe gran diferencia entre los republicanos y los demócratas, o, en todo caso, los demócratas de la “élite”. Sin embargo, son tonterías. Aun si se está decepcionado por lo que logró Obama, no puede negarse que aumentó sustancialmente los impuestos a los ricos y expandió drásticamente la red de seguridad social; endureció en forma significativa la normativa financiera; estimuló y supervisó un aumento en la energía renovable, y avanzó en la diplomacia con Irán.
Cualquier republicano anularía todo eso y se movería marcadamente en la dirección contraria. Más bien al contrario, el consenso entre los precandidatos presidenciales parece ser que George W. Bush no redujo siquiera lo suficiente los impuestos de los ricos y debió haber utilizado más la tortura.
Cuando hablamos de partidismo, entonces, no estamos hablando de equipos arbitrarios, estamos hablando de una profunda división en los valores y principios. ¿Cómo puede alguien no ser “partidista” en el sentido de preferir una de estas visiones?
Y depende de ustedes decidir cuál versión prefieren. Entonces, ¿por qué digo que solo un partido se ha ido al extremo?
Una respuesta es que hay que comparar el debate demócrata de la última semana con el republicano. ¿Necesito decir más?
Además de eso, existen diferencias enormes en las tácticas y actitudes. Los demócratas nunca trataron de sacar concesiones con la extorsión de amenazar con cortar el endeudamiento de Estados Unidos y crear una crisis financiera; los republicanos lo hicieron. Los demócratas no niegan rutinariamente la legitimidad de los presidentes del otro partido; los republicanos lo hicieron tanto con Bill Clinton como con Obama. El nuevo bloqueo del Partido Republicano en la Corte Suprema está, fundamentalmente, en una filiación directa con los días en los que ellos solían referirse a Clinton como “su presidente”.
Entonces, ¿cómo se resuelve esto? Una respuesta podría ser una búsqueda republicana; aunque habría que preguntarse: ¿acaso los hombres que estuvieron el sábado en el escenario dieron la impresión de pertenecer a un partido que está preparado para gobernar? O, quizá, ustedes creen —con base en alguna evidencia que yo desconozca— que en cualquier momento puede aparecer un populista en la izquierda. Sin embargo, si persiste el Gobierno dividido, es realmente difícil ver cómo podemos evitar el caos en aumento.
Quizá todos deberíamos empezar a usar cachuchas de béisbol que digan: “Hagan que Estados Unidos vuelva a ser gobernable”.
* Premio Nobel de Economía, 2008.
2016 New York Times News Service