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¿Defensa de la educación pública?

EL RECTOR WASSERMAN HA CALIFIcado de “secuestro” el tratamiento de que fue objeto, por varias horas, el viernes pasado. Otros, quizás más eufemísticos, preferirán hablar de “retención”.

21 de octubre de 2009 - 05:17 p. m.
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Tampoco faltan quienes afirman que se trató de un intento de forzado diálogo con un “lacayo del Gobierno”, que pertinazmente se negaba a él. Sin entrar en tal discusión, pienso que el evento fue simplemente repugnante y sus efectos desastrosos. Por momentos se tenía la impresión de asistir a un medioeval auto de fe: fanáticos vociferando, curiosos que aprovechaban para tomarse una foto junto al carro detenido y hasta pretendidos negociadores, quizás compungidos por la suerte del condenado. Ni siquiera el antisemitismo tan propio de este tipo de eventos logró esconderse plenamente en esta ocasión. Sólo una valerosa intervención del representante profesoral ante el Consejo Académico y las honradas pretensiones de la minga indígena aliviaron la vergüenza del aquelarre.

Resalto una nota de esta desastrosa experiencia: su estupidez política. El vacío de la más elemental cordura durante aquellas horas fue llenado muy pronto por el enemigo a muerte de los “héroes” de la jornada. No se hicieron esperar sus paternales consejos, ni sus paternales promesas de ayuda en plena crisis económica, y ni siquiera su paternal presencia. En un país tan desconcertantemente filial, ahora será todavía más difícil que la opinión reconozca el valor de las instituciones sólidas. La dirección de la universidad perderá capacidad de maniobra hacia afuera y hacia adentro, y por supuesto que ninguno de los actores de tan confuso movimiento podrá reivindicar ningún parte de victoria. Sólo hay un ganador neto, y éste no es, ni de lejos, la causa universitaria.

En las democracias sólidas los gobernantes no son padres providentes, sino instituciones eficientes que realizan políticas de Estado socialmente construidas. Siempre será importante el carisma del gobernante, pero nunca será lo más importante.

Colombia no es una democracia sólida, entre otras cosas porque carece de una política estatal de educación superior pública. Esto es más grave incluso que la falta de financiación, porque la opinión pública no puede evaluar cómo se invierten los dineros, y tiene que conformarse con la afirmación simplista de que la eficiencia se agota en los índices de cobertura.

Sería deseable que los candidatos a la Presidencia se pronuncien al respecto, no como los padres se dirigen a los hijos, sino como estadistas a ciudadanos. Obviamente que después del viernes pasado, tal foro no podrá ser en nuestro campus. De hecho, algunos días antes de los sucesos comentados, uno de ellos estuvo allí, pero tuvo que suspender su intervención. A veces causa sonrojo afirmar que en la Universidad Nacional reina la libertad de expresión. Pero como sea, estamos en mora de adelantar una discusión pública acerca de la educación superior colombiana. Para ello, la discusión tiene que salir del gueto: al fin y al cabo son recursos públicos, no dádivas ni derechos adquiridos.

Y, finalmente, todos tenemos pleno derecho a terminar normalmente el semestre. Y si se nos lo conculca, ¡que no sea a nombre de la defensa de la educación pública!

 

* Profesor Universidad Nacional de Colombia

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