Quisiéramos empezar el año con optimismo, pero los augurios nos invitan a la cautela. Mientras 2022 estuvo dominado por la inflación, la guerra en Ucrania y un proceso democrático inspirador en Colombia, que llevó a un primer gobierno de izquierda a la Presidencia, 2023 parece recibirnos con una crisis económica mundial y local, así como con un Gobierno sediento de cambio, pero algo confuso en sus formas. En el medio, los colombianos, sumidos en la incertidumbre, tendrán que encontrar maneras de navegar los tiempos difíciles y las tensiones latentes en nuestra sociedad. Quizá la apuesta por la paz, esta vez sí, sirva para traer algo de calma a un país convulsionado.
Tenemos que hablar de economía. Esa es la preocupación principal, porque las señales no son buenas. Lo dijo Salomón Kalmanovitz en su última columna del año para El Espectador: “Las perspectivas del crecimiento económico mundial son bastante negativas” y, en Colombia, “se espera que en 2023 el alza de precios sea todavía molesta, del orden del 7 %, y el crecimiento muy bajo, del 0,5 %”. Otros expertos, incluso, son más pesimistas, hablando de una posible recesión en nuestro país. Si esto es así, y sigue la presión inflacionaria, cuyos efectos nefastos en 2022 seguiremos viendo en 2023, será un año muy difícil para los colombianos y para el Estado, a pesar de la reforma tributaria aprobada.
La situación económica seguirá presionando a un Gobierno que ha mostrado dos caras: una, la mejor, técnica, mesurada, conciliadora y llena de buenas ideas; otra, preocupante, que siente que aún está en campaña y se deja seducir por el radicalismo de ciertos sectores de su base electoral. Es importante que sea la primera la que triunfe y ayude a los colombianos en este momento complejo, especialmente cuando el mandato del cambio implica reformas en pensiones, en el sistema de salud y en educación, entre tantas otras que se han anunciado. Si el presidente Gustavo Petro continúa con su idea de unir a las dos Colombias y de gobernar para todos, podrá traer cambios necesarios que el país pidió en las urnas. También será un contraste a una oposición política que en varias ocasiones ha preferido el radicalismo fácil y populista a presentar propuestas de diálogo para que el país progrese.
Como es evidente, estamos en medio de fuertes tensiones. Y queda una pregunta: ¿cuál será el relato de nación que nos permita tramitar las diferencias? Nuevamente, quizá, la paz sea la respuesta. Durante todo este 2023 no solo veremos avances en las negociaciones con el Eln, sino que será más clara la estrategia de paz total que ha sido el punto esencial en la agenda del presidente Petro. Si los diálogos se adelantan de manera transparente, si seguimos consiguiendo ceses al fuego en regiones afectadas del país, si se incluye a la oposición razonable en los procesos y si los colombianos empiezan a ver que un acuerdo nacional con tantos actores armados es posible, el sueño de un país sin alzados en armas volverá a cobrar fuerza. Por eso 2023 será el año de apostarle otra vez a la paz.
Desde El Espectador, nuestro compromiso será seguir vigilando al poder y, como prometimos hace una semana, encontrar las historias esperanzadoras en un país que resiste. Será un año complejo, pero seguiremos trabajando por ustedes, nuestros lectores.
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