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Arrancó el Festival

Ayer empezó la edición número trece del Festival Iberoamericano de Teatro, creación de la fallecida Fanny Mikey (una de las más poderosas y notables gestoras de las artes escénicas en Colombia) que se desarrolla en la ciudad de Bogotá.

23 de marzo de 2012 - 06:00 p. m.
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Cinco continentes, 32 países, 63 compañías internacionales, 180 grupos colombianos, 22 salas, entre otras muchas atracciones, definen uno de los mejores eventos mundiales que hay para honrar el teatro, ese fino y a veces incomprendido arte.

Muy lejos estamos ya de esas épocas en que se creó el festival. Años en que era un experimento, una especie de salto al vacío, una forma de demostrar que las compañías de otros países podían venir con seguridad a presentarse en las tablas colombianas. Hoy es un éxito: basta ver los niveles de audiencia, el prestigio del evento mismo, la calidad de las obras. Un espectador cualquiera puede disfrutar de la espectacular Ciudad Teatro en Corferias, de los Eventos Especiales en los que hay un contacto directo con el director, de una obra internacional como la estadounidense 1984, versión de la novela de George Orwell, adaptada por el director Tim Robbins a través de su compañía The Actors’ Gang, o tal vez de Seven Eleven, dirigida por Iván Olivares y montada por el colectivo teatral colombiano Quinta Picota. De todo.

Son varias cosas las que hay que decir sobre este evento. El festival ha trascendido su limitación geográfica: pasó de ser iberoamericano a mundial. De todos los países, de todos los idiomas, toda una “fiesta de las mil caras”. Otra es que ya no es sólo de teatro. También sus presentaciones exceden esto: es un evento cultural completo, con danza, circos, música y casi cualquier evento cultural que uno pueda imaginar. El contacto de la ciudadanía bogotana con el teatro es admirable en esta época del año. Muchos incluso no salen en la temporada de Semana Santa para poder ir a las obras. El teatro (y todas las demás formas artísticas) se vuelve el centro, la ciudad se adorna, el ambiente cambia. Es muy fuerte, por ejemplo, la programación que hay en torno al teatro callejero.

Pese a esta buena cara que presenta el festival, hay algo que no podemos dejar de mencionar en este espacio: lo huérfano que queda el teatro nacional una vez se acaba este espectáculo de dos semanas. Las compañías regresan a sus países (como Rumania, el invitado) y se clausura la sesión con un multitudinario evento. Ahí lo mágico del teatro, lo bello de ese arte que explora en la dimensión del ser humano, sus roles, sus realidades y sus ficciones, deja de tener protagonismo. El festival sirve como un tipo de medida: a los colombianos sí les gusta el teatro. Pero, ¿por qué sólo asisten masivamente a las obras del Iberoamericano?

El festival nos sirve como una excusa para promocionar el teatro en general: las obras de viejas escuelas, como las del Teatro Libre, o las mismas producciones nacionales que son independientes, de bajo presupuesto, pero igualmente maravillosas. El festival es un orgullo, un triunfo materializado hace ya varios años. Hace falta voltear la vista hacia el teatro en general, para que no quede huérfano, para que no se diluya en medio de la fama del festival grande (que por supuesto debe seguir). Es obvio que se trata de una conducta ciudadana en torno a la cultura que, por el bien de actores y directores, pero también del arte, debería cambiarse un poco. Hacemos este llamado en general. En particular, quedan las dos semanas mágicas que empezaron ayer. Que se abra, pues, el telón.

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