En el recorrido podremos cantar una Colombia de instituciones sólidas, construidas desde la visión de los fundadores; o lamentar sus proyectos inconclusos, ideas de progreso económico, seguridad o democratización convertidas en nostalgias, despojos o agendas pendientes. En cualquier caso, los bombos de este Bicentenario nos tientan a reproducir el relato de batallas y constituciones en el que los criollos ilustrados lideraron el sentir de un solo pueblo. Supone el consenso de un espíritu colombiano que luchó por la emancipación en un contexto mundial de revoluciones triunfantes, del ascenso de la libertad republicana como curso natural de la humanidad. Celebraríamos, entonces, la idea de una nación de contornos definidos por meras promulgaciones: la persistencia de una historia en la que estadistas y militares diseñan una sociedad incapaz de dinámicas propias.
Podríamos recorrer las galerías de nuestra memoria sin preguntarnos por las convulsiones y los acuerdos que esta exposición suele escoger para el olvido. Pero también podemos detenernos en ellas para adivinar sus vacíos.
Visitamos brevemente la Galería de la Colonia —apenas una antesala de las siguientes— porque la entendemos sumida en la oscuridad de tres siglos de yugo español. Y, al apresurar el paso por ella, nos excusamos de pensar en los hilos que tejieron nuestra diversidad. Por cuántas maneras las comunidades, estamentos y corporaciones ganaron experiencia política al negociar constantemente sus prerrogativas con la corona; cuán fragmentado heredamos un territorio para poner en marcha una nación; cuánta estupefacción causaba a los criollos la naturaleza que los rodeaba, por más que los sabios empezaran a medirla para nombrarla; y cuán extraña resultaba esa palabra de Pueblo como sujeto político, cuando los constitucionalismos irrumpieron en América Hispana.
Preferimos demorarnos en la Galería de la Emancipación. Nos ofrece el deleite de un motín santafereño que hace las veces del principio de los tiempos; de unas pugnas de opereta durante la “Patria Boba” y del arrebato de una gesta. Es la historia de una nación dividida que sólo podía redimir el numen de Bolívar o el utilitarismo de Santander luego de que Nariño trajera la luz a la Nueva Granada con la Revolución de los Pasquines. Todas esas reliquias constitucionales poco reflejan nuestras primeras formas de ejercer la ciudadanía en ese matrimonio entre las armas y las urnas en el que se multiplicaron los intereses políticos. Las reducen al dilema entre la solución autoritaria y la legalista, encarnado en la enemistad entre Bolívar y Santander, como si se tratara de dos principios excluyentes en la formación de esta nación.
La tercera galería —la más extensa de todas— nos envuelve en retratos de patriarcas del bipartidismo colombiano y nos invita a permanecer en ella para celebrar la vida de la democracia más antigua de Suramérica. Al fin y al cabo, liberales y conservadores lograron domesticar caudillos regionales, garantizar la regularidad de las elecciones y, con ello, las bases para una estabilidad institucional. Así, las hileras de rostros graves llaman a los visitantes a convencerse de que la sociedad en Colombia sólo adquirió dimensión política en virtud del bipartidismo, y que los fratricidios patrocinados por liberales y conservadores en nombre del orden se cerraron con un acuerdo de caballeros para desplazar la violencia a la barbarie de los otros, sus antiguos sicarios.
Podríamos celebrar el hecho de haber clausurado nuestra memoria histórica al punto de mantener en ciernes el proyecto de la convivencia nacional. Pero también podemos buscar los objetos que yacen en depósitos, fuera de estas galerías del Bicentenario. En Colombia llevamos dos siglos de olvido que han persistido en fomentar formas de violencia mientras sonreímos; el problema está en pensar si esos olvidos nos permiten dialogar entre celebraciones y cañones. No deberíamos precisar de fechas para enfrentar ese reto.