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¿Dónde están los mediadores?

LA TENSIÓN EN LA FRONTERA COlombo-venezolana ha llegado sin duda a unos de los puntos más espinosos de su historia.

26 de julio de 2010 - 06:00 p. m.
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La presencia de las bases americanas en Colombia, la carrera armamentista de Chávez, el congelamiento de las relaciones comerciales, las evidencias sobre la presencia guerrillera en Venezuela, su denuncia ante la OEA, las agresiones verbales de ambos mandatarios, en fin, el sinnúmero de desencuentros entre las dos naciones han dejado claro que las diferencias son abismales y que los puentes están rotos. Ya no se trata de un calor momentáneo. El asunto se ha complicado en su forma y en su fondo. A pesar de ello, la reacción de la comunidad internacional está siendo la misma del secretario general iberoamericano, Enrique Iglesias, quien el pasado domingo sugirió que Colombia y Venezuela “deben arreglarse como lo hacen dos hermanos entrañables que en un momento dado están desencontrados, con conversación”.

Consejo complicado de materializar, pues es precisamente el diálogo lo que está suspendido. Restaurarlo es la salida, claro, pero implica un esfuerzo adicional que rebasa un par de guiños de buena voluntad. Venezuela, contrario a las declaraciones del ministro de Relaciones Exteriores, Nicolás Maduro, no está lista para trabajar conjuntamente cuando “haya respeto y cesen las acusaciones temerarias”. Ni Colombia está dispuesta a hacerse la de la vista gorda ante el evidenciado apoyo venezolano a las FARC y al ELN. Finalmente, las diferencias entre ambos países han tenido largos y difíciles episodios que, acumulados, han creado un gran nudo difícil de desenredar. En especial porque Colombia debe, de alguna forma, convencer a Venezuela de que la historia de la insurgencia tiene poco de ideales y bastante más de barbarie. Y Venezuela, por su parte, debe convencer a Colombia de que es hacia Latinoamérica hacia donde debe fijar su mirada.

Propósitos complejos, sin duda, que tomarían muchos años. Tiempo en el cual convendría la ayuda de una mediación regional. Al respecto, es importante constatar que la tradicional figura de autoridad, Estados Unidos, se retiró del sur del continente para intervenir en otras partes del mundo, y que desde entonces estamos solos. Crear el conocimiento y fortalecer las instituciones para solucionar los posibles roces, es necesario.

Por ahora, y mientras las instituciones se consolidan, tanto a Venezuela como a Colombia les vendría bien una ayuda. Cierto es que hasta ahora, cuando se ha intentado, dicha ayuda ha sido irrelevante, básicamente por el poco interés de las partes en apoyarla. Pero el punto al que hemos llegado en las últimas semanas, en el que la amenaza de pasar a acciones demenciales de guerra resulta latente, exige una actitud diferente frente a la posibilidad de una mediación.

La OEA, en cabeza de su secretario general, Miguel Insulza, ya advirtió que no intervendrá a menos que reciba una solicitud escrita por ambas partes. Y el presidente de Brasil, Lula da Silva, a través de su asesor, Marco Aurelio García, limitó su mediación a un par de consejos. El primero, neutralizar la frontera a través de una vigilancia conjunta. Y el segundo, firmar un pacto de no agresión, una vez los roces se hayan enfriado. El presidente de Ecuador, Rafael Correa, y el secretario general de Unasur, Néstor Kirchner, han expresado una mayor voluntad de mediación. Queda por verse hasta dónde llegan las intenciones y la disposición de los involucrados. Lo que sí es claro es que sin un mayor compromiso multilateral los conflictos con Venezuela permanecerán inmersos en lo mismo. Situación  que, en cualquier caso, es mejor desenlace que una improbable, pero posible, salida violenta.

 

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