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Violencia en el estadio

LOS RECIENTES HECHOS DE VANDAlismo en el estadio El Campín, protagonizados este sábado por hinchas de Santa Fe en reacción a idéntico comportamiento hace unos días de sus rivales de Millonarios, hacen pensar que la batalla contra la violencia en los partidos de fútbol sigue siendo un problema sin solución que amenaza con convertirse en tragedia.

22 de septiembre de 2008 - 04:04 p. m.
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Aparentemente molestos debido a que la sanción que se les había impuesto a los seguidores de Millonarios pasó de seis fechas a una, después de que algunos de sus hinchas, el 30 de agosto, en un partido contra el Cúcuta, averiaron 715 sillas, las barras de Santa Fe ubicadas en el lateral sur del estadio decidieron destrozar 800, con un costo estimado de 50 millones de pesos. Junto a estos dos casos, que afortunadamente no dieron pie a hechos de mayor violencia, las seis muertes ocurridas a lo largo del año en enfrentamientos entre hinchas, adentro y afuera de los estadios, constituyen una situación que difícilmente puede seguir siendo tolerada por las autoridades competentes.

El tema de las denominadas “barras bravas”, que no es un problema nuestro y por el contrario le ha dado la vuelta al mundo en países que lo han sabido aplacar, como Inglaterra e Italia, suele dar pie a todo tipo de consideraciones sociológicas. No sin razón señalan, quienes con rigor adelantan investigaciones sobre la naturaleza de las barras bravas, la presencia de elementos de marginalidad, baja educación y pobreza, que pueden llevar a conductas violentas de parte de quienes únicamente asumen un sentido de pertenencia en el momento en el que acuden al estadio. Protestar, y no de manera pacífica, parecería ser una forma de hacerse oír.

Se nos dice que la violencia durante los partidos de fútbol es un reflejo de la sociedad. Nada más cierto y difícilmente controvertible. De ahí que programas como el que el padre Alirio recién abandona, visiblemente frustrado, permitan una mayor sensibilidad frente a una situación que, como siempre se ha señalado, es el producto de unas determinadas condiciones culturales. Como “Goles en paz”, que habrá de seguir su rumbo bajo la dirección de otras manos, la ciudad requiere de otras iniciativas que permitan un acercamiento a los miembros de las barras bravas que incurren en actos de vandalismo, cuando no en atroces crímenes.

Todo lo cual, sin embargo, no debe conducir al estéril debate sobre si se requiere o no mayor represión. Si por represión entendemos mejores y más completas condiciones de seguridad, ésta es necesaria acá como lo ha sido en el resto de ciudades que han logrado mediar entre la actitud violenta de sus hinchas y el comportamiento pacífico de quienes acuden al estadio en compañía de sus familiares y amigos y en búsqueda de un momento de esparcimiento.

Italia decidió, por ley, jugar sin público en los estadios que no respetan las condiciones de seguridad. Inglaterra, que llegó a tener temibles barras bravas, optó por circuitos cerrados de televisión en los estadios y sus alrededores, además de implementar el uso de agentes secretos que vigilan a los hinchas y están en capacidad de alertar e identificar en el caso de necesarias judicializaciones. Otros modelos, con estas y otras medidas, han sido implementados con éxito en México y Brasil.

No es necesario improvisar. “Marginales”, que es como en ocasiones se designa a los violentos con la intención de justificarlos, también los hay en ciudades desarrolladas como París. Sin embargo, ello no da pie a la tolerancia que nuestras autoridades parecen aplicar, a la espera de una tragedia de peor envergadura. Por lo pronto, inhabilitar tribunas, castigar directamente a los equipos que muchas veces incentivan a las barras bravas y jugar partidos a puerta cerrada son opciones perfectamente válidas y necesarias. Avanzar en leyes más estrictas y estrechar los lazos de seguridad, son también medidas que habrían de considerarse.

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