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La transición y nosotros

TODO PARECERÍA ESTAR DICHO YA sobre el estremecimiento que tuvo el mundo esta semana con la transición en el gobierno del país más poderoso del planeta, de las garras de esa ave de mal agüero en que, por sus propios actos, terminó convertido George W. Bush, a las manos de la esperanza que representa el presidente de los Estados Unidos, Barack Hussein Obama.

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Y sin embargo, la transformación radical del mundo que plantean su elección, su discurso de inauguración y sus acciones llenas de simbolismo en estos primeros días de gobierno exigen una reflexión más allá de las ilusiones o la incredulidad que despierta Obama.

En efecto, a la par con el cierre de Guantánamo y la renuncia a la tortura, con los pasos iniciales para cumplir su promesa de retirar las tropas de Irak o con la expectativa por la suerte de su ambicioso plan de estímulo económico para afrontar la crisis, la transición de poder en la gran potencia señala reflexiones y lecciones para todos. En particular, para Colombia y los colombianos, y más allá de la no por repetida menos cierta crítica al matrimonio con tapaojos del presidente Uribe con el ex presidente Bush y de sus afinidades ideológicas hoy mandadas a recoger, nos plantea el reto de rescatar valores soslayados en los últimos años y que vuelven a ser —aunque nunca debieron dejar de serlo— el fundamento de una sociedad en esta nueva “era de la responsabilidad”.

Para comenzar, está la lección de alta política en lo que fue el período de transición entre dos visiones distintas del mundo, entre dos enemigos según diríamos en Colombia. Aun cuando la llegada de Obama al poder fuese la más grande derrota política de Bush, éste no hizo cosa distinta que colaborar y hacer fácil el tránsito de su antagonista al poder. Como dijo Obama en su discurso inaugural: “Hemos venido a proclamar el fin de las quejas mezquinas y las falsas promesas, de las recriminaciones y los dogmas caducos que durante demasiado tiempo han estrangulado nuestra política”. A ver si en Colombia somos capaces de dejar atrás tantos llamados a la división de este último tiempo y podemos entrar a este nuevo mundo unidos en el propósito de construir entre todos.

Porque las lecciones son para la sociedad toda. Limitar la reflexión para nosotros, como en su mayoría se ha hecho, en el presidente Álvaro Uribe y en cómo sus ideales de gobierno han quedado en el lugar equivocado en este momento histórico, resulta parcial y en suma retórico. Finalmente, el presidente Uribe no ha sido sino el referente de los valores en que ha creído en estos años una gran mayoría de colombianos, hastiados de la violencia indiscriminada de las fuerzas ilegales y anhelantes de la protección del Estado. En todos los colombianos, pues, deben resonar hoy las palabras del presidente estadounidense el martes: “Rechazamos como falsa la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales… Nuestro poder crece a través de su uso prudente, de que la seguridad emana de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y las cualidades de la templanza, la humildad y la contención”. A ver si en Colombia somos capaces de abandonar ese falso dilema y podemos entrar al nuevo mundo valorando por igual la seguridad y el cumplimiento de la ley y los derechos humanos.

Igual reflexión se podría hacer con tantos temas que han moldeado nuestra sociedad en el último tiempo, mandando al desván esos principios fundamentales de los que hoy echa mano Obama para enfrentar la más grave crisis desde los treinta. Es una incógnita, sin duda, si este regreso a los fundamentos y las acciones que con base en ellas se tomen, basten para “rehacer a los Estados Unidos” y de paso al mundo, pero igual de indudable es que la llegada de Obama, aplaudida en el mundo entero, nos señala dónde estarán los énfasis de la sociedad moderna. Y que, por ello mismo, debemos prepararnos todos para hacer nuestra propia transición hacia el rescate de nuestros valores fundamentales, si queremos estar en el lado correcto de la historia.

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