Todo el mundo habla de la coyuntura. La discusión gira en torno a las decisiones del Banco de la República o a las posibles inversiones en infraestructura. Los temas del desarrollo, los debates sobre la transformación productiva de la economía colombiana han sido desplazados, dejados de lado ante la magnitud y la inminencia de la crisis.
Como marco previo al Congreso Minero que culminó ayer en Bogotá —enfocado al paso necesario de la explotación artesanal a una verdadera actividad industrial—, muchos economistas han venido destacando en los últimos meses la creciente importancia de la minería en la economía colombiana. Como resultado, entre otros factores, del rápido aumento de los precios internacionales, la minería creció aceleradamente en Colombia durante los años previos a la crisis. En poco tiempo, la producción de carbón se multiplicó por tres y la de ferroníquel se duplicó. La de oro, que había permanecido estancada por décadas, se revitalizó desde comienzos de la presente década. La minería pasó a ser una quinta parte de las exportaciones colombianas y una cuarta parte de la inversión extranjera directa.
En el agregado nacional, la minería todavía sigue teniendo un peso menor. Pero regionalmente ha cobrado una importancia inusitada. Representa actualmente la mitad de la economía de La Guajira y una tercera parte de la economía del Cesar. En otros departamentos, como Boyacá, Córdoba y Chocó, la minería también es importante. En algunos casos como generadora de empleo, en otros como generadora de recursos fiscales.
La pregunta ahora es si fue la bonanza minera un simple espejismo pasajero, un producto de unas circunstancias extraordinarias, de un contexto internacional irrepetible. La respuesta es no. La minería llegó para quedarse. La crisis internacional no representa el fin de la bonanza minera. Los precios han caído abruptamente, especialmente los del ferroníquel. Algunas inversiones planeadas están aplazadas. Pero el potencial minero del país está intacto. El futuro del Cesar y La Guajira pasa necesariamente por el carbón. La importancia de la minería en las exportaciones seguirá creciendo. Colombia, en últimas, debe prepararse para un futuro cierto como país minero.
La preparación exige varias cosas, como quedó expreso en el Congreso Minero. Primero es necesario convertir a la minería en un factor de desarrollo, afianzar los encadenamientos de la actividad minera, ir más allá de las simples actividades extractivas. En Perú, muchas industrias han florecido a la sombra del sector minero. En Brasil ha habido un énfasis en la investigación geofísica y en el estudio de carreras afines a la minería. En Canadá, la industria del transporte se desarrolló aceleradamente gracias a la bonanza de la minería. En Australia, la minería también propició el desarrollo de sectores manufactureros y de servicios. El diálogo entre los sectores público y privado, la interacción constructiva entre el Gobierno y los empresarios, es fundamental para convertir la minería en un factor de desarrollo.
Asimismo, el desarrollo minero necesita una regulación ambiental clara que concilie los intereses productivos con las necesidades de protección. Pero tal vez el desafío mayor está en las regiones. La minería multiplica los ingresos de los departamentos y municipios beneficiados. Sin planes bien diseñados, sin control político eficaz, sin visión de futuro, estos recursos pueden terminar dilapidados. La experiencia de Arauca debería servir de advertencia. Muchas regiones colombianas afrontan un reto mayúsculo, deben prepararse para convertir la minería en el sustento de un desarrollo equitativo y sostenible.
En suma, la crisis no va a durar toda la vida. Y debemos, todos, prepararnos para lo que seremos, un país minero.