Calculan las autoridades ambientales que el 60 por ciento de la contaminación auditiva la producen fuentes móviles como los carros particulares y el servicio público. El otro 40 por ciento se les achaca a bares, discotecas, restaurantes, cigarrerías, industrias, construcciones y ampliaciones de vías.
El problema de la contaminación auditiva en Bogotá no es nuevo. No hace mucho que la Personería advirtió de lo poco preparadas que estaban las autoridades para enfrentar el reto de disminuir la cantidad de ruido que se emite en la capital. Se dijo que en su mayoría las 19 alcaldías locales urbanas no disponían de los equipos necesarios para realizar las mediciones de intensidad sonora que se requieren. Y si contaban con el sonómetro, igual no tenían el personal para manipularlo. O simplemente no lo calibraban. Los mapas de ruido y el inventario clasificado de las fuentes de contaminación, elementos centrales de toda política pública encaminada a mermar el ruido, escaseaban. El diagnóstico de la Personería hacía énfasis en el corto circuito entre la autoridad ambiental (en ese entonces el Dama) y las alcaldías locales. Las quejas recibidas de parte de los ciudadanos, ya sea en el Dama o en las alcaldías locales, se represaban sin la debida atención.
Tres años después de las denuncias formuladas por la Personería, todo indica que la situación no presenta mejorías significativas. Ahora que la autoridad ambiental es la Secretaría del Ambiente, las quejas de los ciudadanos, 5.237 durante 2008, corroboran que el ruido sigue siendo un problema que poca o ninguna atención recibe. Tras medir la intensidad sonora durante cinco meses, entre septiembre de 2008 y febrero de 2009, un grupo de investigación de la Universidad de los Andes encontró que en más de un punto se violan los límites aceptados por la ley. Santa Cecilia y Álamos, en Engativá; Bavaria, Castilla y Carvajal, en Kennedy; Las Nieves y La Macarena, en Santa Fe; la Cuadra Alegre, en Puente Aranda; la Zona Rosa y la T, en Chapinero, son algunos de los barrios y zonas críticos. Los culpables, nuevamente, son en su mayoría discotecas, bares y tabernas. Pero se les agregan talleres, fábricas, iglesias, lavaderos y constructoras.
La situación de los barrios aledaños al aeropuerto El Dorado merece nota aparte. Los niveles de ruido permitidos por las autoridades ambientales son violados permanentemente. Y no existen planes reales de mitigación, como quedó claro después de la manifestación protagonizada por más de dos mil residentes de los sectores de Fontibón y Engativá que paralizaron la calle 26 para hacerse oír ante el silencio apabullante de la Aeronáutica Civil y su decisión de permitir vuelos nocturnos en la pista sur del aeropuerto.
Quizá el mayor problema del ruido esté en la poca importancia que se le suele otorgar. Los expertos coinciden en que los niveles de audición de las personas pueden verse afectados, así como su tensión nerviosa, desempeño laboral y escolar, horas de sueño, dolores de cabeza y, en general, buena o mala disposición hacia sus vecinos. Pero, como con cualquier otra preocupación ambiental, esas consecuencias poca atención reciben.
Por ello la iniciativa de la Alcaldía es interesante y merece el apoyo de los bogotanos. La concientización frente al ruido que emitimos día a día hará que los niveles de convivencia mejoren. Pero no habrá un cambio radical si las observaciones de la Personería y otros grupos de veeduría no son atendidas. Aunque útil, la marcha por el silencio no hará que los bares respeten las normas que flagrantemente violan. El tema ambiental no puede quedar únicamente en manos de la cultura ciudadana.