La decisión tomada no significa, ni mucho menos, un regreso inmediato y automático de la isla a la OEA. Sin embargo, la decisión y el proceso a través del cual se logró sí son sintomáticos de los muy importantes cambios que el hemisferio ha venido experimentando durante los últimos años.
Hoy es claro que la organización ya no es, como en su momento lo sugiriera el carismático Che Guevara, una institución que agrupa a las colonias estadounidenses. La cosa es definitivamente mucho más complicada. Lo que sucedió esta semana en San Pedro Sula, Honduras, es una demostración de un proceso de reacomodamiento de las fuerzas en el hemisferio americano, una muestra de que el poder de Estados Unidos sobre América Latina se ha erosionado significativamente durante los últimos años.
Para empezar, la delegación estadounidense tuvo que aceptar a regañadientes la presión latinoamericana y aprobar la derogación, por tratarse del segundo mejor resultado que podía obtener de esta reunión. La opción ideal para la potencia era mantener el statu quo y cerrar el tema de la reincorporación de Cuba, pero dicha iniciativa no encontró resonancia y a Washington le tocó ceder. El otro posible resultado (el menos favorable para Estados Unidos) era el regreso automático y sin condiciones de la isla a la organización —propuesta hecha por Venezuela, Nicaragua y Bolivia—. Ante semejante escenario, la diplomacia estadounidense terminó por dar su brazo a torcer y aceptó la derogación de la resolución de 1962.
Y como si ello no fuera suficiente, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se quedó con su discurso preparado porque las intervenciones de los otros países fueron tan extensas que no dejaron tiempo para que ella expresara públicamente la postura de su país. En varios medios de comunicación estadounidenses se reveló que Clinton inicialmente pensó en no asistir a la reunión para poder viajar directamente con el presidente Obama en su gira por el Medio Oriente. Al enterarse de la ‘rebelión’ que se venía cocinando, cambió de planes y viajó a Honduras. Estando allí confesó en varias ocasiones que las negociaciones no estaban resultando fáciles y que se estaba quedando sola en su posición. Así las cosas, la estrategia del garrote y el músculo inflexible de la política exterior estadounidense hacia el área parecen estar desvaneciéndose.
En este mismo escenario vuelven a aparecer preguntas sobre la política exterior colombiana frente a la organización y frente al reingreso de Cuba. El Canciller colombiano elogió la decisión final y sugirió que Colombia “desde el principio manifestó que le parecía importante dar inicio a esta discusión, que era importante tener en cuenta las consideraciones de todos los países y que era fundamental llegar a un consenso para que la OEA también saliera fortalecida”. Sin embargo, y como ya lo han señalado varios analistas, la opinión pública nacional sigue sin escuchar cuál es la posición colombiana frente a la reincorporación de Cuba a la OEA. ¿Cuál fue la posición del canciller Bermúdez en estas negociaciones? ¿Qué tipo de alternativa apoyó Colombia? ¿Cuáles han sido las razones por las cuales el Gobierno se ha rehusado a hacer pública su posición frente a este tema? Aunque muchos lo olvidan, Colombia fue el principal promotor de la resolución de 1962 que propició la expulsión de Cuba de la organización.
Por tanto, saber en qué estamos en esta materia es crucial no sólo para identificar los lineamientos generales de la política exterior de la administración Uribe, sino también para llevar a cabo un análisis histórico que aclare si es cierto o no que Colombia se ha modernizado en materia de política internacional, y que confirme si se está procurando o no una inserción pragmática y eficiente en el sistema interamericano e internacional.