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Y ahora el invierno

UN DILUVIO DE PROPORCIONES bíblicas arrasó con casas, tiendas e iglesias en una favela brasileña construida en Niteroi, una ciudad separada de Río de Janeiro por una bahía. El aguacero duró más de 24 horas.

11 de abril de 2010 - 05:36 p. m.
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El balance oficial de personas muertas asciende a 225. El número de damnificados por las lluvias en todo el estado de Río de Janeiro llega a 50.000. El invierno hace  estragos, aun en el país de América Latina con mayor desarrollo.

Las lluvias también llegaron a Colombia. Según pronósticos del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), no pararán hasta el mes de junio. Es la primera temporada lluviosa del año. Antioquia, Valle, Tolima, Cauca y Nariño han sufrido violentos aguaceros. Igual ocurre en Bogotá. Atrás quedaron los días de intenso sol y las altas temperaturas. Aunque la presencia del fenómeno del Niño retrasó el inicio del invierno, éste ya ha producido serios efectos. Un total de 12.000 damnificados fueron reportados en 12 departamentos del país, según el director de socorro nacional de la Cruz Roja, Carlos Iván Márquez.

Lo peor es que vienen más daños. Todos los años es igual. En 2009, un intenso aguacero en Bogotá ocasionó más de 5.000 damnificados, inundó una urbanización, hizo que la quebrada Chiguaza y el río Fucha se desbordaran y generó deslizamientos de tierra. En Tumaco, el río Mira, como ya es costumbre, dejó 30.000 damnificados después de una fuerte crecida. En el sur del Cesar, de un solo tirón 250 viviendas fueron arrasadas por la ola invernal. Los casos reposan en los archivos. No hay variaciones sobre el tema. El río Magdalena, por ejemplo, es noticia con cada temporada invernal. Se sabe que con las lluvias se desbordará y causará todo tipo de estragos, es previsible. Lo único que varía es el número de víctimas.

Por todo lo anterior causa molestia que los gobiernos se limiten a la prevención y atención de desastres. Evidentemente es positivo que las diferentes oficinas de apoyo a las calamidades que vienen con el invierno se organicen, hagan mapas de riesgo, centralicen la información, emitan alertas, inviten a los alcaldes y gobernadores a incluir en sus planes de desarrollo la atención de desastres, monitoreen inundaciones, promuevan la vigilancia de cuencas, quebradas y ríos, etc. Pero el invierno no puede seguir siendo una calamidad, un sino trágico que afecta a los más necesitados. Ahí está Brasil, un país con un enorme potencial que todavía presenta grandes desigualdades entre sus ciudadanos. De ahí las favelas. Y de ahí también las fatídicas consecuencias de un aguacero.

En Colombia, por lo pronto, preferimos las medidas de urgencia a las políticas de largo plazo que permitan superar las situaciones de extrema vulnerabilidad ambiental. Los ejercicios de caridad, de mera solidaridad circunstancial que le siguen a cada derrumbe, a cada inundación que arrasa con casas construidas en franjas de territorio inundable, constituyen la respuesta habitual al problema del invierno de parte del Estado. Y así seguimos hasta la llegada del próximo verano. Un tema más sobre el que los candidatos presidenciales podrían pronunciarse.

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