El jueves pasado, el Consejo Superior Universitario (CSU) de la Nacional designó a Montoya como sucesora de Ignacio Mantilla, quien termina su período de seis años al frente de la institución. La nueva rectora es una académica, magíster en ciencias biomédicas de la Universidad Autónoma de México (UNAM) y Ph.D. en Ciencias Naturales de la Technische Universität München (Alemania). Llevaba más de 35 años como docente de la Universidad Nacional y es la fundadora del Instituto de Biotecnología de la misma.
Según Mantilla, en declaraciones dadas a El Tiempo, Montoya “está completamente preparada para asumir este cargo, que tiene grandes retos”. Por su parte, la ministra de Educación, Yanet Giha, dijo que “esta fue una elección donde no hubo mayores discusiones. De lo que nos dimos cuenta fue que hubo un consenso muy grande frente a este nombre y Dolly llega hoy con un respaldo importante de la comunidad académica y, por supuesto, de este Consejo Superior”.
Siempre que una mujer llega por primera vez a una posición de poder se rompe una barrera y se envía un mensaje a todas las niñas del país: sí pueden ser lo que quieran ser. Parece sencillo, pero es un triunfo esencial. En un país (y en un mundo) donde los roles de las mujeres se han limitado a espacios reducidos y muy específicos, todavía estamos sacudiéndonos el lastre de la falta de representación.
No tiene ningún sentido que la rectoría de la Nacional haya sido por tanto tiempo un club de varones. Pero sí es muy diciente que, incluso en uno de los espacios más propicios a la crítica, la reflexión y la inclusión, no se le haya dado la oportunidad a una mujer de llevar las riendas en siglo y medio de existencia. La academia, como la política y la empresa privada, carece de suficientes mujeres en posiciones de poder y con el reconocimiento que merecen.
No se trata, por cierto, de una cuota caprichosa: no es que haya llegado sólo por su género. Montoya lo prueba en sus calificaciones, tan buenas como las de sus colegas. Cuando se exige representación se está reconociendo que históricamente a las mujeres en igualdad de capacidades se les ha negado la oportunidad de ascender y brillar simplemente por no ser hombres. Esto tiene que cambiar.
Más allá del simbolismo, Montoya se enfrenta a una universidad que requiere inversión para evolucionar y consolidarse como referente en el país y a nivel internacional. Además carga consigo haber sido la candidata con menos votos estudiantiles, lo que generó protestas en ciertos sectores de la Nacional. Por el bien de Colombia, le deseamos mucho éxito en su período como directora.
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Nota del director: En una primera versión de este editorial, decía que Montoya fue la única mujer con opción de llegar al cargo. Fue un error, pues también estaba opcionada la profesora Edna Cristina Bonilla. Ofrecemos nuestras disculpas.