Un borrador, al menos, de cara a la reunión que se adelantará en París, Francia, el próximo año. Pues no. No fue así, a pesar de que la expectativa era bastante alta: este fue el año más caliente de la historia. Para aquellos que aún piensan que el calentamiento global es cosa anecdótica, un ejemplo del Banco Mundial: dos grados más y las cosechas de soya en Brasil se reducen un 70%.
Tampoco podemos llegar al extremo pesimista de decir que nada se logró en estos 13 días de trabajo: es posible que en Lima se haya trazado (al menos de forma tenue) un nuevo modelo de trabajo para los países que conforman una comunidad internacional. “La Llamada a la Acción de Lima” nació luego de una vertiginosa jornada de último minuto: una serie de compromisos que no pueden omitirse si se quieren reducir las cantidades de CO2 que están en la atmósfera. El compromiso más claro es que antes del 1 de octubre de 2015 las naciones deberán explicarle a la ONU cuáles son esas acciones que van a emprender.
¿Por qué decimos que puede ser un nuevo rumbo? Tal vez llega la hora de que la conciencia colectiva de los países del mundo no se reduzca a esa etérea ciencia del derecho que son los tratados internacionales: en ellos persistió una paradoja que es inaceptable a estas alturas: países con el poder (o la desvergüenza) suficiente para imponer un tratado sin cumplirlo. Eso ya no está en la línea de posibilidades. Ni tampoco, como se espera, que los países más contaminantes no tengan mayores responsabilidades.
Un gran acuerdo mandatorio empieza a volverse de difícil aplicación. Una serie de compromisos puntuales, específicos, que atiendan a una realidad mucho más allá de unos principios generales, parecen ser el futuro, la vuelta de la página. El lado débil, como enunciaba César Rodríguez en estas páginas, es la inexistencia de un aparato que lo haga cumplir. La ventaja, sin embargo, es bastante grande: una serie de procesos internos, que vayan desde las alcaldías hasta las empresas, impulsadas por las protestas de los ambientalistas, para que las metas de corto plazo puedan ser cumplidas satisfactoriamente. La acción local es la que más se valora en un evento como estos: el calentamiento global debe ser traducido, por los países, en medidas individuales y colectivas que ayuden a reducirlo. En tareas pequeñas, desagregadas, que no se hundan y ahoguen en los preceptos de un acuerdo global: los ojos que están en París desde ya deben pensar también en eso. Ojalá para el otro año las naciones hayan pensado (y ejecutado) planes de contingencia contra este fenómeno.
Se trata este, entonces, de un compromiso que ningún país (o casi ninguno) tiene el coraje de omitir: ya van entendiendo que este no es el cuento de unos cuantos ambientalistas extremos que se inventaron un término para sacarle rédito, sino de una realidad evitable en el futuro. Lo incierto está, claro, en la financiación: esos US$100.000 millones anuales para la sostenibilidad climática a 2020. Si no queremos vernos inundados, o en sequía, sucedidas una de la otra de forma indefinida, hay que empezar a echar cuentas. Ese es el nuevo modelo.