En los últimos siete días, Colombia es el tercer país del mundo con más muertes reportadas por COVID-19. Y está detrás de Brasil, que tiene 214 millones de habitantes, e India, con cerca de 1.400 millones. A todas luces estamos enfrentando una catástrofe de proporciones históricas y, peor aún, la situación no parece tener alivio cercano. La única esperanza sigue siendo la vacunación, que ha ganado en velocidad, pero tiene varios obstáculos en el camino.
Hace un par de semanas, en vísperas de la reapertura económica, representantes del gremio médico publicaron una carta de alarma. En ella advertían que “la población colombiana padece el impacto de un crecimiento progresivo del tercer pico de pandemia causada por el COVID-19, con altos índices de muertes y contagios, colapso de la red hospitalaria, desabastecimiento de oxígeno e insumos, crisis del talento humano y riesgo para la sostenibilidad del sistema sanitario”. Se oponían a las medidas de reapertura, pero también expresaban frustración ante la incapacidad para enfrentar una crisis. Hoy estamos aún peor.
Es necesaria la pregunta: ¿por qué la reapertura en el momento más crítico de la pandemia? ¿Fueron inútiles los encierros del pasado? Si la respuesta es sí, ¿cuál ha sido el razonamiento? ¿Qué medidas se podían adoptar para evitar que la crisis empeorara? Lo dijimos en su momento: por supuesto que la crisis económica es insostenible y necesitábamos un alivio, pero el Estado ha sido incapaz de hacer seguimientos certeros y crear contenciones a la pandemia. Estamos viendo los efectos.
Es extraño, en todo caso, que con más de 100.000 personas muertas el presidente Iván Duque haya utilizado su discurso de homenaje para hablar mal del paro nacional y las aglomeraciones. Puede ser cierto que tantas personas en las calles haya aumentado los contagios —aunque la ciencia no es concluyente al respecto, desde este espacio nos opusimos a marchas en pleno pico—, pero el presidente habla de unas 10.000 muertes que se pudieron haber evitado, sin aportar pruebas. ¿Ese es el diagnóstico del Gobierno Nacional, que la única culpa la tienen los manifestantes? ¿Qué ocurrió con la reapertura? ¿Con las fallas al cerco epidemiológico en todas las ciudades? Si se va a hacer una reflexión sobre las culpas, la lectura tiene que ser mucho más amplia que la planteada por el mandatario.
Ahora la atención está en el proceso de vacunación. El presidente Duque dijo que espera que a finales de junio al menos 17 millones de colombianos tengan la primera dosis de la vacuna. También que de aquí al final del año tengamos 35 millones de personas vacunadas. Esperamos que así sea. Hay datos preocupantes de personas que no se están queriendo vacunar debido a la desinformación que hay en torno a las vacunas. No hay motivos para ese temor y sí efectos muy dañinos si Colombia continúa lejos de la inmunidad de rebaño.
Una última consideración. En la carta de hace unas semanas, el gremio médico alertó que “más del 40 % del talento humano presenta alarmantes niveles de agotamiento, ansiedad, depresión y estrés físico, emocional y mental”. Es esperable que esa situación continúe o incluso haya empeorado. El personal de salud sigue siendo la línea de lucha contra la tragedia y quienes han cargado con el peso de la pandemia. El país les debe una discusión sobre cómo mejorar las condiciones de sus trabajos. Otro pendiente que dejó en evidencia el COVID-19.
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