El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Clima cálido

Desde abril del año pasado el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) viene advirtiéndoles a los sectores productivos que preparen medidas de contingencia frente a un eventual fenómeno de El Niño: a juzgar por las palabras que el propio presidente Juan Manuel Santos consignó en su cuenta en Twitter, el evento climático luce inevitable.

02 de enero de 2015 - 09:41 p. m.
PUBLICIDAD

No se trata de un cuento de hadas o del invento de algunos ambientalistas, ni mucho menos: sus efectos deben estar previéndose ya desde la política local, pues, de suceder, lo más afectado sería la agricultura, la ganadería, el turismo y la salud de zonas específicas que ya se han identificado.

La probabilidad de que se presente el fenómeno, y de que la ola de calor vaya secando a su paso el agua, es del 83%. Las consecuencias ambientales se verán, sobre todo, en La Guajira (donde no llueve desde septiembre), Cesar, Magdalena, los Santanderes, Boyacá, Cundinamarca, Tolima, Casanare y Arauca. Sería bueno prender las alarmas en estos lugares, sobre todo cuando empieza a sentirse el calor del nuevo año despuntando en un sol picante que no encuentra nube a la vista para frenarlo. ¿O esperamos más?

Y así, como cuando el presidente Santos catalogó de “maldita” a La Niña, ese efecto climático contrario que inundó calles y caminos y le costó las primeras críticas a su gobierno, esperamos que frente al eventual Niño no sólo haya palabras duras: una buena muestra de un país moderno es que pueda afrontar, sin contratiempos fatales, un fenómeno climático anunciado con un buen tiempo de preparación.

Los desastres que vinieron como correspondencia de las lluvias pusieron en evidencia la falta de planeación del territorio: no solamente la inseguridad que reportan algunas construcciones que se vinieron abajo, sino el manejo accidentado de distintas fuentes naturales de agua, que quedaron sepultadas con la expansión urbanística y que pudieron evitar algunas calamidades.

Pero, en materia de una ola de calor, la prevención es distinta e igual de necesaria: se requieren campañas masivas para el cuidado del agua y las montañas. Esto se traduce en el ahorro y la administración adecuada de las fuentes: los recursos, tal y como lo dijo Ómar Franco, director del Ideam, no son infinitos. Frente a esto no solamente sobran las advertencias y las campañas sino que también pueden venir las sanciones: US$560 millones fue lo que perdió Colombia, en términos económicos, la vez pasada, a finales de los 90, cuando el calor azotó lagos, lagunas y ríos.

Asimismo debe crearse una conciencia colectiva de los incendios forestales: por esta época, cuando no se ve la lluvia caer del cielo, es muy probable que una simple fogata desate la cuerda de una tragedia que implique, por supuesto, gastar más agua de la que tenemos.

No hay contraargumento que valga frente a esta realidad: sí, habrá lluvias en otras regiones. Y sí, también se incrementarán en otras zonas. Pero eso no bastará para recuperar las condiciones normales de los ríos: el efecto, de no cuidarse el agua, será devastador para varios sectores de la economía y de la salud. Y no queremos que otra pata les salga a estas dos variables cuyo porvenir está en entredicho para este año 2015 que apenas arranca.

Esperamos que la prevención le gane a la urgencia: ¿para qué repetir escenarios de otros años? ¿No hemos generado aprendizajes como ciudadanía, como Estado? 

Conoce más
Ver todas las noticias