En su primera rueda de prensa como primer ministro, Cameron afirmó ayer: “Tenemos la determinación compartida de afrontar los desafíos que tiene el país: salvaguardar nuestra seguridad nacional y apoyar a nuestras tropas en el exterior, confrontar la crisis de la deuda, reparar nuestro sistema político y construir una sociedad más fuerte”. A su lado estaba Clegg como nuevo viceprimer ministro. El reto es grande para un matrimonio pactado a las carreras, por mera conveniencia, y ellos lo saben muy bien. De hecho este es el primer gobierno de coalición desde el Gabinete de Guerra que presidió Winston Churchill al inicio de la Segunda Guerra Mundial y del cual participaron, por última vez —hace 65 años— los liberales.
En los últimos tiempos el electorado venía acumulando un gran malestar hacia los laboristas que habían llegado al poder, en 1997, con Tony Blair. La activa participación en la criticada guerra en Irak, el mal manejo de la crisis económica que debió afrontar su sucesor, Gordon Brown, los crecientes problemas sociales, así como la evidente falta de carisma de este último, prepararon el camino para su peor derrota en 80 años.
En las elecciones de la semana pasada, los conservadores —tories—, con el liderazgo del carismático Cameron, quedaron de primeros en número de votos y escaños conquistados en el Parlamento, pero el empuje no les alcanzó para formar gobierno de mayoría. De ahí que ambos partidos iniciaran el juego de cortejar al tercero en discordia, los liberaldemócratas de Clegg, que pasaron a ser el fiel de la balanza. Por afinidad, éstos han debido sumar fuerzas con los laboristas. Sin embargo, Clegg apostó a los conservadores y logró ventajas significativas, entre otras, seis ministerios para su partido, incluyendo el propio, así como la posibilidad de una reforma electoral que garantice una representación más equitativa para los partidos pequeños, lo cual los ha afectado seriamente.
Pero no todo es color de rosa. Tras las sonrisas optimistas y el cálido apretón de manos de Cameron y Clegg, hay pocas coincidencias y grandes contradicciones. Cameron ha conducido su partido hacia el centro. Aboga por una mayor flexibilidad en los derechos de los gays y más atención al tema ecológico, para atraer el voto de centro. Pero el no haber logrado la mayoría necesaria demuestra que dentro de su propio partido todavía no están muy convencidos de su discurso centrista.
Ahora comienza lo difícil: gobernar. ¿Cómo enfrentar los retos en materia económica y social con ópticas tan divergentes? ¿Cómo consensuar una política exterior y de defensa, como el acercamiento a Europa, cuando los tories han sido tradicionalmente “euroescépticos” y los liberaldemócratas buscan una mayor integración? El nuevo canciller, William Hague, quiere poner mayor énfasis en la relación económica con Asia y América Latina y frente a Estados Unidos considera que debe haber un vínculo “firme pero no servil”. Buen comienzo.
Si la política es el arte de lo posible, como reza la sabia definición, este es el momento de demostrar que la boda por conveniencia puede convertirse realmente en una estable coalición de gobierno, sobre la base de las complejas dificultades que hay que afrontar. En caso contrario, no pasará de ser una cohabitación por necesidad que corre el peligro de desmoronarse ante las primeras desavenencias. Es aún muy pronto para saberlo con certeza, pero la lección que dan los británicos es digna de resaltar y de desearle los mayores éxitos en su futuro desempeño.