El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Comandante en Jefe

BARACK OBAMA ES UN HOMBRE SErio, racional, que no obra precipitadamente y que puede ser tan respetuoso de las formas como duro al tomar decisiones.

25 de junio de 2010 - 06:00 p. m.
PUBLICIDAD

Hace pocos días lo demostró, ante la calibrada destitución del jefe militar norteamericano en Afganistán, Stanley McChrystal, quien concedió una extensa entrevista a una revista, en la que no deja títere con cabeza, y que fue considerada como una insubordinación del general frente al poder civil.

La decisión no era sencilla para Obama. Pasaba por tragarse el reto público del general, manteniendo a su vez sobre el terreno a uno de sus mejores estrategas militares, encargado de dar los golpes definitivos antes del retiro de Afganistán, previsto para mediados del año entrante. O por dejar claro que el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas del país no estaba dispuesto a aceptar este tipo de indiscreciones. En la balanza pesó más el segundo aspecto y McChrystal, quien fue citado de urgencia a la Casa Blanca para reunirse con el presidente, pasó a uso de buen retiro. En su reemplazo se designó al prestigioso general David H. Petraeus para continuar con la estrategia diseñada para acabar con la guerra más larga que ha luchado Estados Unidos en toda su historia y que ya va por su noveno año.

Desde esta perspectiva, Barack Obama gana el pulso de la legitimidad como máximo comandante de las Fuerzas Armadas, al subordinar el mando militar al poder civil, tal vez atendiendo a aquella máxima según la cual “la guerra es algo demasiado serio para dejarlo en manos de los militares”. Contó con el respaldo de la bancada demócrata, así como de la minoría republicana, pues es un tema en el que no puede haber disenso en una sociedad democrática. Con razón hay quienes recuerdan el pase a retiro del general Douglas MacArthur en 1951, en ese entonces comandante en Corea, luego de hacerse pública una carta en la cual criticaba fuertemente al presidente Truman por su manejo del conflicto.

Sin embargo, si el principio político e institucional queda salvaguardado y el presidente cuenta con un apoyo mayoritario luego de anunciar su decisión, no sucede lo mismo con el incierto futuro de la guerra en Afganistán. En el Congreso, en la población y aun dentro de la propia administración, aumenta la incertidumbre con el paso de los días, pues no hay resultados claros hasta ahora. Cerca de 100 mil hombres desplegados sobre el terreno, de los cuales Obama aportó 30.000 para llevar a cabo una ofensiva anunciada, mas no puesta en práctica todavía, contra el gran enclave talibán de Kandahar; la estrategia de comprar el apoyo de algunas tribus locales que, a pesar de no estar de acuerdo con la presencia foránea en su territorio, han recibido dinero de los norteamericanos para combatir a los fundamentalistas islámicos; el reiterado apoyo de Estados Unidos al corrupto gobierno de Karzai, que brilla además por su ineficiencia; el gasto de alrededor de US$2.000 millones para garantizar el transporte seguro de suministros desde Pakistán, dinero que, según lo demostró un reciente informe del Congreso, termina en manos de mafias locales y, en algunos casos, de los propios talibanes, y, sumado a todo lo anterior, el grave hecho del elevado número de víctimas civiles por “equivocaciones” en los bombardeos, o de bajas de soldados norteamericanos, complican a Washington.

Como paradoja, la guerra de Vietnam la iniciaron los demócratas y la terminó un republicano. La de Afganistán la iniciaron los republicanos y le corresponde a Obama terminarla en medio de los acuciantes problemas internos y externos que afronta su gobierno. Falta ver si su condición de Comandante en Jefe le permitirá hacerlo de forma acertada y pronta o si, por el contrario, terminará envuelto en su propio Vietnam.

Conoce más
Ver todas las noticias