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Cruzar la raya

Con evidentes signos de tortura e impactos de bala fueron encontrados el mayor Germán Méndez Pabón y el patrullero Edílmer Muñoz Ortiz en la vereda San Vicente, área rural de Tumaco, Nariño, quienes, vestidos de civil, fueron secuestrados por las Farc la semana pasada.

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La guerrilla admitió el hecho muy en medio de ese cinismo que la ha caracterizado cuando de delitos atroces se trata: que lo lamentan, dijeron, que mandaban una voz de aliento a sus familiares. Pero, al mismo tiempo, y muy también por ese camino, dijeron que eran muchos los muertos en el conflicto armado en Colombia y que por eso era necesaria la paz. Un lamento y una forma de lavarse las manos en nombre de la guerra. Todo mezclado en una sola comunicación.

Pero no es tan cierto lo que aseguraron las Farc: esos dos policías asesinados no son dos miembros de la fuerza dados de baja en medio de un fuego cruzado con el enemigo. Fueron secuestrados en su día de descanso y luego asesinados porque, dice la guerrilla, se vieron obligados a hacerlo ante el acecho de media docena de helicópteros y patrullas. No luce justificable desde ningún punto de vista. No luce acorde, tampoco, con lo que el derecho que regula la guerra contempla. Se trata de un acto de barbarie, condenable desde todo punto de vista ético y jurídico. No podemos hacer otra cosa que levantar un rechazo categórico a estos hechos.

Marcos Calarcá, uno de los delegados plenipotenciarios de las Farc en La Habana, Cuba, dijo que cuando el tiempo lo amerite, y de manera muy razonada, se pronunciarán de forma más precisa sobre el hecho. Puede ser. Aunque ya para ese momento lo útil sería que tomaran acción dentro de sus filas, por lo menos. Que aclaren con una orden vertical qué es lo que se puede hacer en una guerra y qué no. Una declaración grandilocuente más no tiene nada de loable ni de eficaz. Tampoco nada de respetable.

Se necesita la paz negociada, por supuesto, para que actos como este no vuelvan a suceder nunca más, mucho menos en un país que carga a cuestas alrededor de 600.000 muertos. Pero las Farc, también, y en medio de este conflicto de medio siglo que sigue su curso pese a las negociaciones, deberían abstenerse de cometer actos como estos: no sólo porque minan la poca legitimidad que tienen frente a la ciudadanía, sino también, y sobre todo, porque esto es una muestra más de que la guerra les sirve para justificar cualquier cosa que se cometa dentro de ella. Y no tanto. No son así las reglas del juego.

Por lo pronto, y frente a la indignación de muchos sectores por este hecho, el proceso de paz sigue en marcha. Y pensamos que así como las Farc deben dejar de dar estos golpes infames que desnaturalizan la guerra (y que en nada ayudan a un eventual posconflicto), lo más conveniente es que las negociaciones continúen por el bien del país. Harto hemos tenido de esta guerra como para tener que soportar más. Esperamos, eso sí, que al final de todo este capítulo las cuentas de la guerrilla queden bien saldadas con una sociedad que anhela la paz pero que también quiere justicia.

Es, en últimas, el mejor escenario que de toda la situación puede sacarse.

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